Introduccion a Las Cruzadas
«El único deber que tenemos con la Historia es el de escribirla de nuevo»
Oscar Wilde (1854-1900)

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No bien se profundiza un hecho histórico, se rasguña la superficie pulida artesanalmente por los historiadores «oficiales», comienzan a aparecer contradicciones, mitos y deformaciones. Las cruzadas no escapan a esta constante. Más bien lo patentizan. Esta gesta de casi dos siglos es, a la luz de los textos tradicionales, un movimiento de fe destinado a arrebatar el patrimonio de los Santos Lugares a los feroces musulmanes. Los turcos selÿukíes, los fatimíes, los ayubíes, los mamelucos, como en el teatro griego antiguo, tienen asignadas de antemano las caretas de villanos, y los caballeros cruzados, las delicadas máscaras de la bondad. Esta representación, sin embargo, es tan falsa que ni siquiera admite el desarrollo clásico donde los buenos le ganan a los malos.
Cuando Urbano II arengó en el Concilio de Clermont a los caballeros y siervos allí reunidos, los uniformó con cruces en las espaldas y les transmitió con pasión de activista la consigna «¡Dios lo quiere…!», probablemente no pensó que la empresa habría de írsele de las manos, no bien las huestes cruzaran sus propias fronteras. Sólo los inocentes —la plebe y los niños son los depositarios del candor— partieron tocados por la fe y, sin más armas que la ilusión que Dios estaba de su lado, fueron a encontrar la muerte en tierras ajenas. La mayoría ni siquiera pisó tierra musulmana. Era el fatalismo del que nada tiene, dadas las prerrogativas abyectas que les deparaba la sociedad feudal. Los otros, soberanos y caballeros, escondían bajo el sayo cruzado aspiraciones menos cristianas, aunque sería una inconsecuencia arrumarlos a todos en un mismo costal. Muchos de ellos vieron en estos movimientos masivos un escape para sus anhelos de aventura o procedieron movidos por voracidad conquistadora o colonialista.
Con excepción de Luis IX de Francia —canonizado después por la Iglesia—, no hubo caballero o soberano cruzado que pudiera parangonarse en nobleza y hombría de bien con el musulmán Saladino. En la suma de atrocidades cometidas durante los numerosos capítulos de la gesta, la crueldad de quienes ostentaban la enseña de la cristiandad superó en mucho a la de los musulmanes. La tesis islámica de que los europeos eran «salvajes» e «invasores» tiene una débil réplica occidental.
Los historiadores no han podido llegar a un acuerdo en cuanto a la significación de estas campañas. Los más optimistas las ubican como antesala del Renacimiento. Los menos, les atribuyen consecuencias apenas costumbristas. El espectro de la ponderaciones puede ser muy amplio, pero las cruzadas son el punto de partida de todas las persecuciones a aquellos que no profesan una misma fe, pasando por ese monumento a la intolerancia que fue la Inquisición, siguiendo con las depredaciones y genocidios a cargo de los españoles, portugueses, ingleses, franceses y holandeses en las Américas, Asia y Africa entre 1500- 1900, y culminando con los holocaustos de Stalin y Hitler, Hiroshima y Vietnam, —sin olvidarnos de las masacres perpetradas contra los pueblos armenio (1915-1923) y argelino (1948-1960)—, que han desquiciado a nuestro siglo XX.
Sin embargo, las cruzadas son también un acontecimiento histórico apasionante, que permite estudiar y analizar la interacción de gentes de cultura y religión distintas con la perspectiva actual, a nueve siglos de los acontecimientos, con todo lo que eso significa.
Sinopsis
Las Cruzadas fueron expediciones militares emprendidas en los siglos XI-XIII contra los musulmanes por parte de la Europa cristiana y con el impulso del papado. En realidad se trató de la primera expansión europea de conquista después de la desaparición del imperio romano. Las Cruzadas establecieron los orígenes del colonialismo e imperialismo de Occidente sobre Oriente.
Según los distintos historiadores, las fechas propuestas que marcan su finalización van desde 1291 (toma de Acre por los musulmanes mamelucos) hasta incluso 1798, cuando Bonaparte conquistó Malta a los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén,(1) una orden militar establecida durante las Cruzadas.
Algunos afirman también que el 11 de diciembre de 1917 es la fecha apropiada. Ese día, el general inglés Sir Edmund Allenby (1861-1936), comandante en jefe aliado contra Turquía y Alemania en el frente de Palestina durante la primera guerra mundial, entró con el Ejército británico en Jerusalén y proclamó: «¡Hoy terminaron las cruzadas!»: una frase solemne pero bastante fuera de lugar, ya que el gobierno turco de entonces era laico y partidario de la desislamización, y por el contrario, los que habían posibilitado la victoria de Allenby eran los irregulares musulmanes de Arabia, Palestina y Siria conducidos por el entonces mayor Thomas Edward Lawrence (1888-1935) —más conocido como Lawrence de Arabia—, a quienes se les había dado la vana promesa de independencia y soberanía que se esfumó con la Conferencia de Paz de París de 1919 (en realidad una simple ratificación del pacto secreto Sykes-Picot de 1916 por el cual Inglaterra y Francia decidieron repartirse la región al finalizar la contienda mundial).
El general Henri-Joseph-Eugène Gouraud (1867-1946), comandante en jefe francés y Alto Comisionado en Siria (1919-1923), hizo otro tanto al entrar a Damasco en julio de 1920. Cuando sus tropas ocuparon la milenaria ciudad se dirigió al mausoleo de Saladino, vecino a la mezquita de los Omeyas, y pronunció la famosa frase frente a su tumba: «Ya volvimos… Saladino».
1-La Orden de los Caballeros de San Juan de Jerusalén, fue una orden militar cuyo nombre completo es Soberana Orden Militar del Hospital de San Juan de Jerusalén, de Rodas y de Malta. Su función inicial fue proteger un hospital construido en Jerusalén antes de las Cruzadas; durante un corto período, sus miembros fueron llamados Hospitalarios o Caballeros Hospitalarios. La Orden fue fundada después de la formación del reino latino de Jerusalén aprobado por el papa Pascual II en 1113 y confirmado por el papa Eugenio en 1153. Desde 1309, la Orden tuvo su sede central en la isla de Rodas, donde formaba un auténtico Estado territorial; su marina se encargaba de mantener libre de musulmanes el este del mar Mediterráneo, atacando y asesinando a los peregrinos que se dirigían a La Meca desde al- Andalus, el Magreb o Siria. La Orden recibió las propiedades de los Caballeros Templarios en el 1312. Los Caballeros de Rodas crearon agrupaciones nacionales de la Orden en distintos lugares, en cada uno de los cuales eran llamados lenguas (del francés langues). Tras ser expulsados de la isla de Rodas en 1522 por el sultán otomano Solimán I el Magnífico, los Caballeros no encontraron un lugar donde radicarse hasta 1530, año en que les fue cedida la isla de Malta por Carlos V. Una vez convertidos en gobernantes de esa isla, los Caballeros de Malta, como comenzaron a ser llamados, dirigieron la defensa de la isla ante el ataque otomano de 1565. Durante la Reforma, los Caballeros de Malta perdieron sus propiedades en Inglaterra y en Alemania, y durante la Revolución Francesa, también sus bienes en Francia. Los franceses revolucionarios, bajo el comando de Napoleón Bonaparte, se apoderaron de Malta en 1798 y acabaron con 700 años de predominio de la orden.

Contexto histórico
El nombre de cruzado y de cruzada nace a raíz de que los hombres que acudieron a la llamada del pontífice Urbano II en el concilio de Clermont Ferrand (1095) adoptaron el símbolo de la cruz en su expedición. El concepto de cruzada se aplicó también, especialmente en los siglos XIII-XIV, a las guerras contra los «herejes» cristianos del sur de Francia (cátaros), los paganos del Báltico (prusianos, lituanos, estonios, fineses) y contra los enemigos políticos del Papado como Federico II. Por extensión, el término se emplea en Occidente para describir cualquier guerra religiosa o política y, en ocasiones, cualquier movimiento político o moral.
Para los europeos, las Cruzadas constituyeron al mismo tiempo una epopeya religiosa, el comienzo de una toma de conciencia «europea» y la primera expansión económica y colonial de ultramar.
Para los musulmanes, en cambio, las Cruzadas fueron una serie de expediciones militares favorecidas por la anarquía política y religiosa del Oriente musulmán, que vinieron añadirse a las invasiones de los mongoles y a las campañas bizantinas. A los musulmanes les hicieron falta casi dos siglos (1099-1291) para poner fin a la presencia de los cruzados. 

El síndrome del año mil
Era creencia generalizada entre los cristianos de la Alta Edad Media, que el mundo llegaría a su fin al cumplirse el Año Mil desde la Encarnación.
La llegada del año 1000 era el fin de todo para los portavoces del Apocalipsis, heraldos de las altas autoridades eclesiásticas que utilizaban el antiguo recurso del miedo para tener sometido al pueblo y al bajo clero a la servidumbre a través de la superstición disfrazada de dogma religioso. Así, se proclamaba que Europa moriría entre el siglo X y el XI. El mundo se acabaría. La frontera del bien y el mal sólo la cruzarían los santos, los demás se hundirían en las tinieblas del pecado y la culpa.
El célebre historiador y medievalista francés Georges Duby, en su obra Año 1000. Año 2000. La huella de nuestros miedos, codificó los miedos esenciales que acosaban a Europa en el año 1000, cuando el ignoto horizonte del nuevo milenio enfatizaba sus temores. Su análisis permite arribar a una conclusión que contradice la idea de progreso de Occidente: básicamente, los miedos de antaño son los mismos que hoy, en los albores del año 2000: el miedo a la miseria, el miedo al otro, el miedo a las epidemias, el miedo a la violencia y el miedo al más allá, son tan tangibles ahora como hace mil años.
Otro no menos famoso medievalista francés, Henri Focillon (1890-1950), amplía este concepto: «…en el año 1000 llega el hombre de Occidente al colmo de las desventuras que le habían perseguido durante todo el siglo X; la proximidad de la fecha fatídica despierta la creencia en el fin del mundo, los prodigios lo estimulan; un pavor indescriptible se apodera de la humanidad; han llegado los tiempos predichos por el apóstol… pero pasa el año, el mundo no ha perecido, la humanidad respira, se tranquiliza, entra agradecida en nuevas vías. Todo cambia, todo mejora. En primer lugar la arquitectura religiosa. El monje Raúl Glaber escribe en su texto famoso: “Pasados unos tres años del año 1000, la tierra se cubría de una blanca túnica de
iglesias.” (…) Recapitulemos una vez más todos los elementos de la cuestión. El año 954, envía Adso a la reina Gerberga un tratado destinado a combatir la creencia en la próxima aparición del Anticristo, preludio del fin del mundo. En 960, el eremita Bernardo anuncia el fin del mundo: lo sabe por revelación. En 970 se extiende por Lorena el rumor de que se acerca el fin del mundo. En 1009 se manifiestaen Jerusalén esta misma creencia. En 1033 se cree en galia que la humanidad va a perecer.»(H. Focillon: El año mil, Alianza, Madrid, 1987, págs. 56-57 y 91).
De igual modo, a través de esta exposición veremos que las causas y razones que se argumentaron para montar esa serie de invasiones armadas denominadas Cruzadas son muy parecidas, y en algunos casos idénticas, a las que se invocaron para justificar el ataque contra el Canal de Suez en 1956, el desembarco de los marines en el Líbano en 1983 o la gigantesca operación que se lanzó en la llamada «Guerra del Golfo» hace siete años, que el escritor español Juan Goytisolo bautizó con el nombre de «Petrocruzada».
Ahora volvamos al lejano siglo XI. Uno de los principales flagelos que padecía la población de la Europa medieval cristiana era el hambre. Los cronistas de la época dan una idea del hambre que había al citar frecuentes casos de canibalismo. Por ejemplo, el monje borgoñón Radulfus Glaber «El Calvo» (985-1050) en suHistoriarum Sui Temporis (escrita entre 1030-1035), afirma que el canibalismo era una práctica común en muchas regiones de Francia en 1032. Dice: «La gente devoraba carne humana. Los caminantes eran atacados por los más fuertes, que los descuartizaban y comían, después de haberlos asado… En muchos lugares sacaban los cadáveres de la tierra para calmar el hambre… Tanto se propagó el consumo de carne humana, que hasta se puso en venta en el mercado de Tournus(2) como si fuera carne de vaca…» (R. Glaber: Les cinq livres de ses histoires 900-1044, ed. M.Prou, París, 1886).
2 Ciudad del actual departamento de Saône-et-Loire, sede de una hermosa abadía benedictina del siglo VIII.
El historiador francés Dareste de la Chavanne (1820-1882) calculó que durante el siglo XI hubo casi treinta años de malas cosechas y que Europa Occidental padeció una terrible hambruna entre 1087-1095, que como veremos más adelante coincidió con el Concilio de Clermont y la proclamación de las Cruzadas.
El siervo, el campesino, aplastado por la miseria, oprimido por su dependencia personal del terrateniente y el señor feudal, era víctima de su propia ignorancia, fomentada por ciertos sectores de la Iglesia, que predicaban la sumisión, la resignación y el temor. Ignorante, obnubilado por fantásticas ideas que nada tenían que ver con el verdadero cristianismo monoteísta, el campesino interpretaba sus desgracias a través de la óptica de sus aleccionadores eclesiásticos. Las malas cosechas, el hambre, las pestes que se llevaban a sus hijos la sepultura, eran para el simple labriego una manifestación de la «ira divina», un castigo divino por sus pecados. Así tomaba cuerpo la ilusión de que para librarse de los sufrimientos de la vida diaria había que aplacar la ira de las fuerzas celestes demostrando su fidelidad con un acto extraordinario y heroico. Luego veremos cómo la Iglesia, al organizar las cruzadas, se valió de estos ánimos de los campesinos.
En ese siglo undécimo, en cuyas postrimerías se lanzó la Primera Cruzada, se mezclaron, como pocas veces en la historia, sentimientos opuestos de arrebato místico y de rapiña terrenal. Caballeros y campesinos luchaban tanto para dar alimento al espíritu torturado como al estómago vacío.

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Uno de los tantos flagelos que asolaban las comarcas de aquella Europa tenebrosa eran los caballeros sin tierra que asaltaban los grandes latifundios y las grandes posesiones de la Iglesia y los monasterios. Esos caballeros, cuya supuesta piedad tanto ponderan los escribas de la historia oficial, no titubeaban, relata un documento de mediados del siglo XI, en«atacar a los clérigos desarmados, a los frailes o a las monjas…». El Papa León IX, pontífice entre 1048 y 1054, escribió lo siguiente sobre estos caballeros: «He visto a esa gente violenta, increíblemente feroz, que en impiedad supera a los paganos, que destruye por doquier los templos del Señor, que persigue a los cristianos… No tienen compasión ni de los niños, ni de los ancianos, ni de las mujeres».
El bandolerismo y el pillaje abundaban hasta niveles increíbles, ejercitado principalmente por bandas de caballeros empobrecidos. Regía entonces la injusta institución del mayorazgo, que impedía la división de las tierras familiares, debiendo éstas, a la muerte del padre, pasar en su integridad al hijo mayor. Los otros —«segundones»— quedaban sin nada. De allí los apelativos de «Sin Blanca», «Sin Tierra», «Sin Ropa», «Desnudo» o «Infortunado» que a menudo acompañan al nombre rimbombante de los nobles de la época.
En medio de este duro panorama se produjeron querellas político-religiosas, como la llamada «Guerra de las Investiduras», en que se enfrentaron inicialmente Enrique IV de Alemania, llamado «El Grande», y el Papa Gregorio VII (1020?-1085). Enrique IV rehusó aceptar la prohibición que el Pontífice impuso sobre la investidura de los feudales eclesiásticos por el emperador del Sacro Imperio Romano y los señores feudales, como hasta entonces había venido haciéndose. La Iglesia era, por aquel tiempo, dueña del tercio de las tierras agrícolas, y sus monjes eran eficaces administradores, de modo que obtenían mayor rendimiento que los señores. Sus arcas estaban siempre bien provistas. Interesaba a los señores y emperadores, por lo tanto, nombrar como autoridades eclesiásticas locales a quienes pudieran apoyarlos. Entregar estos nombramientos al Papa era entregarle también un poderoso elemento de control sobre sus regiones.
Ante la reconvención de Gregorio VII por su negativa a aceptar la investidura papal, Enrique IV le hizo deponer por el clero alemán en la Dieta de Worms y nombró un Antipapa. Gregorio respondió con la excomunión, a la vez que liberaba a los súbditos del juramento de lealtad al emperador. Los señores feudales aprovecharon la oportunidad y se rebelaron, proclamándose Rodolfo de Suavia separado de la corona del emperador. La situación obligó a Enrique IV a buscar arreglo. En enero de 1077, viajó en pleno invierno a Canosa (Emilia-Romagna), donde estaba Gregorio, y durante tres días, en medio de la nieve, con traje de penitente y descalzo esperó en el patio del castillo a que el Pontífice se dignara a recibirlo. Iba a pedirle perdón. Finalmente, el emperador consiguió la absolución. Desde entonces, la expresión «ir a Canosa» indica la rendición humillada de alguien.
Estas realidades acuciantes comenzaron a preocupar grandemente a la Iglesia y a los señores feudales y se trató de buscar una solución. La cuestión estaba cómo y por cuenta de quién hacerlo. ¿Hacia dónde orientar las miradas de los campesinos ansiosos de tierra y libertad, de modo que también se favoreciera la Iglesia y los demás feudales? ¿Hacia dónde encaminar a los caballeros ávidos de propiedades y riquezas, y a los nobles que anhelaban sus dominios?
Las Cruzadas, por tanto, se explican como el medio de encontrar un amplio espacio
donde acomodar y distraer parte de esa población en crecimiento y hambrienta; y como el medio de dar salida a las ambiciones de nobles y caballeros, ávidos de tierras. Las expediciones ofrecían, como se ha señalado, ricas oportunidades comerciales a los mercaderes de las pujantes ciudades de occidente, particularmente a las ciudades italianas de Amalfi, Génova, Pisa y Venecia.
Las consecuencias de una conspiración
En 1073 fue elegido un nuevo papa hecho a la sombra de los claustros del monasterio benedictino de Cluny (al este de Francia central), el ya nombrado Gregorio VII. Rápidamente éste quiso instaurar las políticas formuladas por la orden cluniaciense. Estas consistían en establecer una teocracia, una especie de programa de dominio de los papas, según el cual los príncipes y los reyes eran meros vasallos del trono romano; el Papa dispondría de las coronas, designaría y sustituiría a los duques, reyes y emperadores igual que hacía con los obispos. De este modo, los papas surgidos del movimiento de Cluny actuaban como «césares investidos de sumo sacerdote», según la acertada expresión del historiador alemán W. Norden. Una parte esencial de ese programa «ecuménico» de Roma lo constituía el empeño de liquidar la independencia de la Iglesia oriental, greco- ortodoxa, y por consecuencia, adueñarse de las fabulosas riquezas del Imperio Bizantino guardadas en su capital, Constantinopla (cfr. Steven Runciman:La Civilización Bizantina, Ediciones Pegaso, Madrid, 1942; Fotios Malleros K.: El Imperio Bizantino 395-1204, Centro de Estudios Bizantinos y Neohelénicos, Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación, Universidad de Chile, Santiago, 1987, págs. 101-102; Ofelia Manzi:Constantinopla ante propia y ajenos. Aproximación a un análisis documental, Facultad de Filosofía y Letras, UBA, Buenos Aires, 1994).
El cisma de las Iglesias, es decir, la formación de la Iglesia católica romana y de la Iglesia ortodoxa griega, debido a los diferentes destinos políticos y sociales de los países que integraban los Imperios romanos, Oriental y Occidental, tuvo lugar en 1054. Las divergencias dogmáticas y rituales entre la Iglesia latina y la griega eran insignificantes si se las compara con las disputas de poder político.
Precisamente en relación con esos propósitos se perfilaron las primeras previsiones del plan para organizar una campaña de conquista del Oriental.
Pero para montar semejante operación no había que alertar a Bizancio. Por eso parece ser que algunos dirigentes papales sugirieron la idea de que la empresa debía promocionarse como una expedición en defensa de los cristianos de Oriente acosados por los musulmanes selÿukíes. En efecto, los selÿukíes habían conquistado gran parte del Asia Menor. En 1071 tomaron Jerusalén, bajo dominio del califato egipcio de los Fatimíes, y en los años siguientes quedó en su poder el resto de Palestina y Siria. Mucho tiempo después de las cruzadas, los cronistas occidentales inventaron distintas leyendas sobre la persecución que sufrían los cristianos en los países orientales por parte de los selÿukíes. Afirmaban que«los paganos profanaban los santuarios cristianos y mostraban su hostilidad hacia los peregrinos que iban a Jerusalén». Así apareció la invención de que el Santo Sepulcro de Jerusalén, donde se suponía que se encontraban los restos de Jesús, el hijo de María (en realidad se trataba de un sepulcro vacío), estaba en peligro de ser ultrajado y debía ser rescatado de las manos sacrílegas. Por lo tanto, los musulmanes selÿukíes «amenazaban a la Cristiandad y ello obligó a intervenir a los católicos guiados por el papado».

Todavía hoy algunos señalan éstas como las causas inmediatas de las cruzadas. Las investigaciones han disipado poco a poco la fantástica mentira que durante siglos envolvió la prehistoria de las cruzadas. El islamólogo francés de origen judío Claude Cahen ha demostrado que los selÿukíes y sus antecesores musulmanes, como los fatimíes, carecían por completo de intolerancia o fanatismo religioso y que la situación de la población cristiana de Siria, Palestina y Asia Menor, conquistas por los selÿukíes era estable y armónica. Por el contrario, con la administración selÿukí cesaron las persecuciones religiosas y fiscales ejercidas por la Iglesia Bizantina contra la mayoría de la población cristiana monofisita, nestoriana y copta. (Claude Cahen: Notes sur l’histoire des croisades et de l’Orient latin. Bulletin de la faculté des lettres de l’Université de Strasbourg, 1950, num. 2, pág. 121).
El ejército islámico del califa Omar Ibn al-Jattab (586-644) había entrado en Jerusalén en 637. Durante 461 años los musulmanes habían protegido los derechos de todos los cristianos y los judíos escrupulosamente. Incluso hasta hoy en día, la llave de la Iglesia del Santo Sepulcro permanece confiada a un musulmán. «Su nombre es Museba y su familia ha sido responsable de abrir y cerrar sus puertas todos los días, desde que los musulmanes entraran en Jerusalén» (cfr. Terry Jones y Alan Ereira: Crusades, Penguin Books/BBC Books, Londres, 1996, pág. 54). Jerusalén es considerada por el Islam la tercera ciudad santa, después de La Meca y Medina.
Es cierto que al-Hákim (985-1021), el califa loco fatimí,(3) había destruído la iglesia del Santo Sepulcro en 1010, pero los mismos musulmanes, cuando lograron desembarazarse de semejante desviado, contribuyeron con sumas importantes a su restauración. En 1047, el viajero musulmán persa Nasir Josrou(4)la describía como «un edificio muy espacioso, capaz de contener ocho mil personas y construído con la mayor habilidad. En su interior, la iglesia está en todas partes adornada con brocado bizantino… Y han representado a Jesús (la Paz sea con él) montado en un asno» (Guy Le Strange: Palestine under the Moslems. A Description of Syria and the Holy Land from AD 650-1500, Alexander P. Watt, para la Palestine Exploration Fund, Londres, 1890, pág. 202).
Sin embargo, cuando los francos tomaron Jerusalén en 1099, la situación cambió drásticamente. Los ortodoxos griegos, los coptos, los jacobitas, los armenios y los monofisitas fueron expulsados. Mientras que los musulmanes y los judíos fueron simplemente exterminados.
3 Aparentemente, el poder y la ambición provocaron en Abu Alí Mansur, al-Hákim Bi-Amr Allah de sobrenombre, un fuerte estado psicótico que lo llevó al asesinato de varios visires, la persecución de los cristianos y judíos, la quema de muchas iglesias y sinagogas y la demolición de una parte de la iglesia del Santo Sepulcro. Como para repetir las «proezas» de Calígula y Nerón, al-Hákim se proclamó dios y envió emisarios a establecer su culto entre el pueblo (muchos de estos predicadores fueron lapidados por los musulmanes). El historiador egipcio Ibn al-Taghribirdí (1530-1604), en su obraKitab al-Nuÿúm al-zahira fi muluk Misr ua-l- qahira (“Estrellas refulgentes de los reyes de Egipto y el Cairo”) dice que al-Hákim «hizo venir a los caides y jefes de tropa y les mandó que marcharan sobre Fustat (El Cairo) a prenderle fuego, entrar a saco en ella y matar a la gente que allí se había alzado con buena fortuna contra él». Al- Hákim gobernó durante veinticinco años y un mes y fue asesinado en la noche vigésima séptima del mes de Shawwal del año 411 H., a la edad de treinta y seis años y siete meses (cfr. Salem Himmieh: El loco del poder. Con presentación de Juan Goytisolo y traducción y epílogo de Federico Arbós, Libertarias/al-Quibla, Madrid, 1996).
4Nasir Josrou al-Marvazí al-Qubadiyaní (1004-1088) fue un poeta y teólogo persa que viajó hacia 1045 a La Meca, Palestina y Egipto. A su retorno al hogar, se vio obligado a exilarse en Badajshán (hoy Afganistán oriental), por ser adherente de la escuela shií de pensamiento. Es autor de un género llamadoSafarnameh (poesía de viajes), un «Libro de la felicidad» (Sa’adat- nameh) y de composiciones filosóficas y teológicas como Raushana’i-nameh y Ÿami’ al- hikmatain (cfr. Henry Corbin: Etude préliminaire pour le Livre rèunissant les deux sagesses de Nasir-e Khosraw, Teherán, 1953). Su Safarnameh fue traducido al francés y editado por Charles Schefer, París, 1881.

La Primera Cruzada
Las Cruzadas comenzaron formalmente el jueves 27 de noviembre de 1095, en un descampado a extramuros de la ciudad francesa de Clermont-Ferrand (Auvernia). Ese día, el papa Urbano II (1040-1099) predicó a una multitud de seglares y de clérigos que asistían a un concilio de la Iglesia en esa ciudad. En su sermón, el papa esbozó un plan para una Cruzada y llamó a sus oyentes para unirse a ella: «Oh raza de los francos, raza amada y escogida por Dios… De los confines de Jerusalén y de Constantinopla llegan graves noticias de que una raza maldita, completamente alejada de Dios, ha invadido violentamente las tierras de esos cristianos y las ha despojado valiéndose del saqueo y el fuego.
¿A quién corresponde, pues, la labor de vengar esos agravios y recuperar ese territorio más que a vosotros… No os detenga ninguna de vuestras posesiones ni la ansiedad por vuestros asuntos familiares. Pues este país que ahora habitáis, cerrado en todas partes por el mar y las cumbres montañosas, es demasiado pequeño para vuestra gran población; apenas da alimento bastante para los que lo cultivan. Por eso os asesináis y devoráis unos a otros, por eso hacéis la guerra y muchos de vosotros perecéis en la lucha civil.
Aléjese el odio de vosotros; terminen vuestras peleas. Emprended el camino que va al Santo Sepulcro; arrebatad esa tierra a una raza perversa y estableced allí vuestro dominio. Jerusalem es la tierra más fructífera, un paraíso de deleites. Esa ciudad real, situada en el centro de la tierra, os implora que acudáis en su ayuda…» (ver F. Ogg: Source of Medieval History, Nueva York, 1907, págs. 282-288).
Por toda la muchedumbre corrió una excitada exclamación: Dieu li volt, «Dios lo quiere». Urbano la aprobó y les mandó que la tomaran por grito de batalla. Seguidamente ordenó a los que emprendieran la campaña que llevaran una cruz en la frente o el pecho. Las Cruzadas habían comenzado. Hoy día, en 1998, a menos de tres años para que comience el tercer milenio, por los alcances y derivaciones de ciertos conflictos que aún mantienen en vilo a las regiones del Cercano y Medio Oriente, estas expediciones parecerían que mantienen la vigencia de sus mejores épocas.
El llamado de Papa Urbano II a la Primera Cruzada pidiendo a los cristianos que rescataran el Santo Sepulcro, que se encontraba bajo custodia de los musulmanes desde el año 637, se produjo en un momento en que arreciaban las luchas entre los señores feudales y aumentaba la resitencia pasiva de los campesinos a la situación imperante. El «espíritu de ascetismo» señalado por los historiadores encontró una causa en que volcarse y precipitó a miles y miles de señores y vasallos a las lejanas y míticas tierras santas.

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Urbano encargó a los obispos asistentes al concilio que regresaran a sus localidades y reclutaran más fieles para la Cruzada. También diseñó una estrategia básica según la cual distintos grupos de cruzados iniciarían el viaje en agosto del año 1096. Cada grupo se autofinanciaría y sería responsable ante su propio jefe. Los grupos harían el viaje por separado hasta la capital bizantina, Constantinopla (la actual Estambul, en Turquía), donde se reagruparían. Desde allí, lanzarían un contraataque, junto con el emperador bizantino y su ejército, contra los Selÿukíes,(5) que habían conquistado Anatolia. Una vez que esa región estuviera bajo control cristiano, los cruzados realizarían una campaña contra los musulmanes de Siria y Palestina, siendo Jerusalén su objetivo fundamental.
5. La dinastía turca de los selÿúcidas o selÿukíes (1038-1194) reinó sobre vastos territorios de Transoxiana y su epónimo fue Selÿuk, miembro de una tribu de los uguz. Tugril Beg, el primero de los Grandes Selÿúcidas, era dueño del Irán oriental. De confesión sunni, declaró su voluntad de «liberar» al califa abbasí de la tutela de los emires de la dinastía buÿí (945-1055), que eran shiíes. En 1055, Tugril entró en Bagdad, y tres años más tarde, el califa le otorgó oficialmente el título de sultán, con lo que por primera vez en la historia del Islam el poder temporal y el poder espiritual quedaron netamente separados. En lo sucesivo, el califa dejó de ocuparse de las cuestiones políticas. El sultanato selÿukí evolucionó muy pronto hacia la forma de un Estado militar jerarquizado, según el modelo persa, con una burocracia irania en sus puestos de mando y un ejército pluriétnico comandado por jefes turcos. Los mismos selÿúcidas se iranizaron profundamente desde el punto de vista cultural y establecieron su capital en Isfahán. Los sucesores de Tugril, Alp Arslán y Malik e-Shah, secundados por el muy competente visir persa Nizam al-Mulk (1018-1092). A partir del siglo XII, el imperio de los Grandes selÿúcidas se dislocó a causa de las querellas dinásticas y bajo la presión de los guríes afganos y más tarde de los mongoles. Una rama disidente fundó entonces un nuevo sultanato en Anatolia, la de los selÿucidas de Rum (en árabe “Roma”, es decir, la Anatolia bizantina), que duró entre 1077 y 1307, y que con Ertugrul Gazi (1190-1282) tendrá un protagonismo decisivo en la formación del Imperio otomano (1299-1909).

La cruzada de Pedro el Ermitaño y Gualterio Sin Blanca
Dice el historiador norteamericano William James Durant (1885-1981) que «toda la cristiandad, unida como nunca, se preparaba con ardor para la guerra santa. Extraordinarios alicientes inducían a multitudes a reunirse en torno a esa bandera. Se ofrecía una indulgencia plenaria de todos lo pecados al que muriera en la guerra. Se permitía a los siervos dejar la tierra a que estaban ligados; se eximía a los ciudadanos del pago de impuestos; se concedía a los deudores moratoria en el pago de intereses; se libertaba a presos y se conmutaban penas de muerte, por una osada extensión de la autoridad pontifica, a servicio perpetuo en Palestina. Millares de vagabundos se unieron a la caminata sagrada. Hombres cansados de una desesperada pobreza, aventureros dispuestos a frontar cualquier riesgo, segundones que esperaban crearse señoríos en Oriente, mercaderes que buscaban nuevos mercados para sus mercancías. (…) Propaganda de la clase usual en la guerra recalcaba las vejaciones que los cristianos sufrían en Palestina, las atrocidades de los musulmanes, las blasfemias de la fe mahometana; se decía que los musulmanes adoraban una estatua de Mahoma y la chismería piadosa relataba que el profeta, durante uno de sus ataques epilépticos, había sido devorado por cerdos. Surgían fabulosos relatos acerca de los tesoros de Oriente y de morenas bellezas que esperaban ser tomadas por los valientes. Tal variedad de móviles difícilmente podía atraer una masa homogénea capaz de organización militar. En muchos casos mujeres y niños insistían en acompañar a sus maridos o padres, quizá con razón, pues pronto se alistaron prostitutas para servir a los guerreros. Urbano había designado el mes de agosto de 1096 como tiempo de partida, pero los primeros reclutas, impacientes campesinos, no pudieron aguantar. Una hueste de los tales, en número de 12.000 personas (entre las cuales sólo había ocho caballeros), partió de Francia en marzo bajo el mando de Pedro el Ermitaño(6) y Gualterio Sin Blanca (Gautier Sans Avoir); otra, de unos cinco mil individuos, partió de Alemania dirigida por el monje Gottschalk; otra aún avanzaba desde las Provincias Renanas al mando del conde Emicón de Leiningen. Fueron principalmente estas bandas turbulentas las que atacaron a los judíos de Alemania y Bohemia, rechazaron los llamados a la cordura de eclesiásticos y ciudadanos y degeneraron por un tiempo en brutos que expresaban su piedad en sed de sangre(…)La población resistió violentamente; algunas ciudades les cerraron sus puertas, y otras los conminaron a partir sin demora. Llegados por fin, sin blanca, ante Constantinopla, diezmados por el hambre, la peste, la lepra, la fiebre y las luchas entabladas en su camino, Alejo les dió la bienvenida, pero no los alimentó satisfactoriamente; invadieron los suburbios y saquearon iglesias, casas y palacios. Para librar su capital de esa orante plaga de langostas, Alejo les dió naves con que cruzaron el Bósforo, les mandó provisiones y les ordenó que aguardaran la llegada de destacamentos mejor armados. Fuese hambre o simple impaciencia, los cruzados no hicieron caso de esas instrucciones y marcharon sobre Nicea. Un disciplinado destacamento de turcos, expertos arqueros todos ellos, salió de la ciudad y casi aniquiló a la primera división de la primera Cruzada. Gualterio Sin Blanca pereció en la lucha; Pedro el Ermitaño, fastidiado de su ingobernable hueste, había regresado a Constantinopla antes de la batalla y vivió sin peligro hasta 1115» (W. Durant: La Edad de la Fe. 3 vols. Vol. II. Cap. XXII: “Las Cruzadas”, Sudamericana, Buenos Aires, 1956, págs. 262-263).
6 Pedro el Ermitaño (1050-1115), nativo de Amiens (Francia), al parecer fue soldado y después se convirtió en ermitaño. En el año 1093 peregrinó a Palestina, aunque no pudo llegar a Jerusalén. En 1095, inspirado por el llamamiento del papa Urbano, inició una campaña predicando la Cruzada en todo el norte y centro de Francia. Condujo en 1096 un grupo de cruzados —campesinos y gente sin ningún tipo de preparación militar— a Constantinopla y Asia Menor, donde fueron diezmados por los selÿukíes. Más tarde se unió al ejército de Godofredo, que conquistó Jerusalén en el año 1099. Pedro el Ermitaño fue sólo uno más de los diversos líderes populares que predicaron la primera Cruzada; su relevancia fue ampliamente exagerada por muchos historiadores.
La vanguardia de Godofredo
Mientras sucumbían las huestes de Pedro el Ermitaño, los duques, condes y barones de Occidente reclutaban verdaderos ejércitos de cruzados. Según testimonios de la época, el número de esos combatientes «era tan grande como las estrellas del cielo y las arenas del mar». Sin embargo, los investigadores contemporáneos limitan este número a sesenta mil, como máximo. Y de ellos, sólo diez mil armados convenientemente.
La idea de las cruzadas halló fervientes partidarios entre los normandos, siempre ávidos de lucha, hasta el punto de que Normandía y el sur de Italia proporcionaron tal cantidad de guerreros que la Primera Cruzada parecía una expedición de vikingos cristianos.
Los normandos italianos estaban dirigidos por Bohemundo de Tarento (1058-1111), hijo del aventurero Roberto Guiscardo (1015-1085), para quien la cruzada era ante todo una tentadora ocasión de ajustar cuentas con los aborrecidos bizantinos (su padre había muerto en campaña contra Bizancio en Kefaloniá) y crearse un reino en Oriente. Para la realización de sus planes halló un dócil instrumento en la persona de su joven sobrino Tancredo (1078-1112), conocido como «el Aquiles de la Cruzada».

De los caballeros francos que se alistaron para rescatar el Santo Sepulcro el más rico y capacitado era Raimundo de Saint-Gilles (1042-1105), conde de Tolosa. Pero el más piadoso y desinteresado fue Godofredo de Bouillon (1061-1110), duque de la Baja Lotaringia o Lorena (en alemán Lothringen y en francés Lorraine). Godofredo y su hermano Balduino (1058-1118) fueron los primeros dispuestos a encabezar un ejército compuesto por flamencos y valones, camino de Constantinopla, lugar de cita que se habían fijado los cruzados Muy pronto estuvieron en marcha por distintas rutas cuatro grandes ejércitos de cruzados: el de los lorenenses, flamencos y alemanes a las órdenes de Godofredo de Bouillon y Balduino; el de los normandos de Italia, con Bohemundo de Tarento y su sobrino Tancredo; el de los languedocianos, conducido por el conde Raimundo de Tolosa y finalmente el de los francos y normandos, con Roberto de Normandía (1054-1134), hijo de Guillermo I el Conquistador (1027-1087). Eran, respectivamente, cuatro temperamentos: los más sinceros, los más astutos, los codiciosos y los más valientes. Cuatro itinerarios: el Danubio, los Balcanes, la Italia del Norte y Roma y el Adriático. Y un punto de cita común: Constantinopla.
El emperador bizantino Alexis o Alejo Commeno,(7) al percatarse de la magnitud de las fuerzas que convergían sobre Constantinopla, se inquietó en grado sumo, y trató de sembrar rencillas entre los jefes cruzados antes de que las huestes pasaran al Asia Menor. En la primavera de 1097, luego de prolongados forcejeos políticos entre unos y otros, los ejércitos cruzados iniciaron su ruta a través del Asia Menor, hacia Siria. El 14 de mayo de aquel mismo año tuvo lugar la primera gran acción bélica con el sitio de Nicea (Iznik), que vino a rendirse un mes más tarde, el 19 de junio, quedando así expedito el camino para que los cruzados avanzaran hacia Antioquía, en el norte de Siria. El 1 de julio ganaron una batalla en Dorilea —antigua ciudad frigia y romana—(hoy Eskishehir, Turquía), y como los musulmanes estaban demasiado debilitados para arriesgarse a otro encuentro, Balduino inició la apropiación de territorios, estableciendo un Estado latino en Eufratesia (región de Marash) y nombrándose conde de Edesa (hoy Urfa).
7Alexis I Comneno (1048-1118), emperador bizantino (1081-1118), fue coronado en un momento en que el Imperio bizantino estaba amenazado por enemigos foráneos en todas sus fronteras, Alexis comenzó su reinado aliándose con los venecianos para resistir a los invasores normandos dirigidos por Roberto Guiscardo en Grecia. En 1091 derrotó a los pechenegos, una tribu turca que realizaba incursiones en el Imperio desde el norte; en el mismo año estabilizó la situación en el este firmando un tratado con los selÿukíes. En 1095 Alexis pidió ayuda al Papa Urbano II para recuperar Anatolia, en manos de los selÿukíes, al mismo tiempo que se producía la llegada de la primera Cruzada, a la cual ayudó activamente. Exigió un juramento de alianza a los líderes de la Cruzada, entre ellos, Bohemond (o Bohemundo) I, hijo de su viejo enemigo Roberto Guiscardo, cuando llegaron a Constantinopla al año siguiente. Con su ayuda, recuperó el control de Anatolia occidental, pero no pudo impedir que estos cruzados establecieran estados independientes en Siria y Palestina. Una disputa con Bohemond relativa al dominio de Antioquía, acabó cuando el normando reconoció a Alexis como su señor en 1108. La biografía de Alexis, la Alexiada, fue escrita por su hija Anna Comnena. Constituye una valiosa fuente de información histórica, aunque a veces presenta una exagerada tendencia probizantina.

Caníbales en Ma’arrat
El 11 de diciembre de 1097, un contingente de cruzados francos, los languedocianos liderados por Raimundo de Saint-Gilles, conde de Tolosa, luego de quince días de sitio, penetró en Ma’arrat an-Numán (a mitad de camino entre Alepo y Hamah, en el norte de Siria), pasando a cuchillo a todos sus habitantes, saqueando e incendiando todo a su paso. Y lo más revelador: los francos demostraron ser expertos caníbales, ya que la antropofagia era una práctica común en la Europa cristiana del siglo XI, asolada por el hambre y la falta de alimentos, como habíamos visto antes. El historiador musulmán Ibn al-Atir (1160-1234) hace esta denuncia: «Durante tres días pasaron a la gente a cuchillo, matando a más de diez mil personas y tomando muchos prisioneros» (Al-Kamil fil Tarij). En cambio, el historiador cristiano Radulfus de Caen (1080-1120), no deja ninguna duda: «En Ma’arrat, los nuestros cocían a paganos adultos en las cazuelas, ensartaban a los niños en espetones y se los comían asados» (Radulfus de Caen: Gesta Tancredi Siciliae Regis in Expeditione Hierosolymitana). Igualmente, el cronista Alberto de Aquisgrán o Aachen (fl.1130), que participó personalmente de la refriega de Ma’arrat, confiesa: «¡A los nuestros no les repugnaba comerse no sólo a los turcos y a los sarracenos que habían matado sino tampoco a los perros!». Véase Amín Maalouf, Las cruzadas vistas por los árabes, Alianza, Madrid, 1997, Cap.III: Los caníbales de Maarrat, págs. 57-60); Mijail Zaborov, Las cruzadas, Akal, Madrid, 1988, págs 15-16.

La toma de Jerusalén: un Hiroshima del siglo XI
Después de un descanso de seis meses en Antioquía (tomada el 3 de junio de 1098), el 13 de enero de 1099, Bohemundo, Tancredo y Roberto de Normandía partieron hacia Jerusalén. En Trípoli (Líbano) se les unió Godofredo de Bouillon y Roberto de Flandes, y desde allí, los cinco continuaron hacia el sur, acompañados de unos doce mil (algunos hablan de veinte mil) seguidores.
La mañana del 7 de junio de 1099 los cruzados vieron por primera vez brillar a la luz del alba las almenas y las torres de la Ciudad Santa de las tres religiones monoteístas.
La urbe estaba por aquel entonces bajo control de los musulmanes fatimíes; sus defensores eran numerosos y estaban bien preparados para resistir un sitio. Los cruzados atacaron con la ayuda de refuerzos llegados de Génova y con unas recién construidas máquinas de asedio.
El 15 de julio, al amanecer, todo estaba dispuesto para el asalto final a Jerusalén, luego de los infructuosos ataques de los días previos. Godofredo de Bouillon se encaramó sobre su imponente torre de asedio y la mandó trasladar junto a las murallas. La leyenda cristiana cuenta que cuando los francos y normandos intentaban en vano vencer la resistencia de los musulmanes, Godofredo vió en los alto del cercano monte de los Olivos un caballero que agitaba un escudo brillante y anunció a todos su visión: «Mirad, San Jorge ha venido en nuestra ayuda». Esto envalentonó notablemente a los cruzados que arremetieron con Godofredo, Tancredo y sus normandos a través de un boquete abierto en la muralla. La mortandad fue espantosa. Los jinetes europeos, al pasar por las calles, iban chapoteando sobre charcos de sangre. Los expedicionarios masacrarían a la mayor parte de los cien mil habitantes de Jerusalén. Según la concepción de los cruzados, la ciudad quedó purificada con la sangre de los infieles.

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Efectivamente, luego de ser quebrada la tenaz resistencia de los defensores islámicos, la población sin respeto a la edad o al sexo, sufrió una horrible matanza. Sólo en la mezquita al-Aqsa fueron degollados cerca de diez mil musulmanes allí refugiados. Raimundo de Aguilers, canónigo de Puy y capellán de los invasores, escribió en sus memorias «Maravillosos espectáculos alegraban nuestra vista. Algunos de nosotros, los más piadosos, cortaron las cabezas de los musulmanes; otros los hicieron blancos de sus flechas, haciéndoles caer de los tejados de las mezquitas; otros fueron más lejos y los arrastraron a las hogueras. En las calles y plazas de Jerusalén no se veía más que montones de cabezas, de pies y manos: y sin embargo esto no es nada comparado con lo otro… Se derramó tanta sangre en la mezquita edificada sobre el antiguo templo de Salomón, que los cadáveres de los fanáticos de Mahoma nadaban en ella arrastrados a uno y otro punto. Veíanse flotar manos y brazos cortados que iban a juntarse con cuerpos que no le correspondían; en muchos lugares la sangre nos llegaba a las rodillas, y los soldados que hacían esta carnicería apenas podían respirar debido al vapor que de ella se exhalaba. Cuando no hubo más musulmanes que matar, los jefes del ejército se dirigieron en procesión a la iglesia del Santo Sepulcro para la ceremonia de acción de gracias» (Raimundo de Aguilers: Historia Francorum qui ceperunt Iherusalem, en R.H.C. Occ., vol. III, consultar también a Fulquerio de Chartres: Gesta Francorum Iherusalem Peregrinantium —ed. por H. Hagenmeyer, Heidelberg, 1913—).
La pequeña comunidad judía se había refugiado en la sinagoga central. Los cruzados, sospechando que habían ayudado a los musulmanes durante el asedio, incendiaron el templo y todos los judíos de Jerusalén, cerca de dos mil (más del noventa por ciento de los que vivían en Palestina), murieron abrasados. A pesar de haber perpetrado tal monstruosidad, los cruzados no quedaron conformes y un consejo presidido por Godofredo decretó la exterminación de todos los musulmanes de Jerusalén, en total: setenta mil almas (el mismo número de muertos en los primeros diez segundos de la explosión atómica en Hiroshima, el 6 de agosto de 1945). La operación duró ocho días, a pesar del celo con la que la desempeñaron aquellos «nobles paladines». Pero nadie se salvó, quedando destripados mujeres, niños y ancianos.
A fin de descansar de las fatigas que causó esta tarea, los cruzados se entregaron a las más repugnantes orgías —violación de cadáveres y actos de canibalismo— de modo que los mismos cronistas, a pesar de toda su indulgencia, no pudieron menos que indignarse de la conducta bestial de estos asesinos que eran cualquier cosa menos cristianos; y el tesorero Bernardo los trata de locos; Balduino, arzobispo de Dole, los compara a burros que se refocilan en la basura: computruerunt illi, tamquam jumenta in stercoribus.
Luego de estos macabros episodios y de rechazar, cerca de Ascalón, un contraataque de los musulmanes fatimíes que venían en socorro desde Egipto, los barones francos fundaron solemnemente el «Reino Latino de Jerusalén», que duraría 88 años. Pero el interior de Palestina permaneció y permanecería en manos de los musulmanes. Igualmente los francos no tuvieron nunca fuerza suficiente para apoderarse de las ciudades de Alepo, Hamah, Homs o Damasco. Quedaron reducidos a una estrecha franja a lo largo de la costa, amenazados siempre de ser empujados al mar por un ataque musulmán venido del interior. En las décadas sucesivas, el reino franco pudo mantenerse gracias al desaliento y a la discordia imperantes en el mundo islámico; pero deberían haber contado con la posibilidad de una unión de los hermanos en la verdadera fe y el surgimiento de un líder carismático que los condujera a la victoria. En el momento en que apareciese este fenómeno, el reino latino se vería condenado a desaparecer, víctima de su propia naturaleza impostora.
Los resultados de la Primera Cruzada, con la conquista de Jerusalén y la fundación de otros reinos cruzados en el Oriente musulmán, produjeron un gran impacto en Europa y el deseo de muchos rezagados por plegarse a la aventura con sus perspectivas de gloria tanto material como celestial. Los historiadores comparan este estado de ánimo con el que más tarde se produjo en la msima Europa a raíz del descubrimiento de Nuevo Mundo y el enganche para acudir al saqueo de las riquezas de México y el Perú.
¿Cuál había sido la razón de que el éxito coronara la increíble empresa de los cruzados? A primera vista, esta victoria resulta simplemente sorprendente. Mueve a asombro cómo un ejército reducido de sesenta mil a menos de veinte mil caballeros e infantes, a tres mil kilómetros de sus bases, y en un país desconocido bajo un sol de fuego, se impuso al Islam, al que los turcos selÿukíes habían conferido nuevo vigor. Sin embargo, algunos hechos concretos ayudan a comprender el porqué de este aparente milagro, por cierto, sin contar la mística que en mayor o menor medida tocó a los combatientes europeos. El éxito occidental se debió ante todo a una superioridad técnica incuestionable en el arte de la guerra: la armadura transformó a los caballeros en verdaderas unidades blindadas y la cota de malla de sus auxiliares los hizo casi invulnerables a las flechas y el hierro de los musulmanes. Así, antiguos grabados muestran al capellán de Joinville habiéndoselas él solo contra ocho guerreros musulmanes, o a Gualterio de Chatillon, arracándose tranquilamente de su cota la lluvia de dardos que cae sobre ella.

La disensión entre los musulmanes y la secta de los asesinos
Pero por sobre esas facilidades, la obra de los cruzados se vio simplicada por la desunión del adversario. La muerte del sultán Malik e-Shah en 1092 había desorganizado al imperio selÿukí en vísperas de la ofensiva europea. Divisiones familiares, ambiciones personales y rivalidades de pensamiento y escuelas teológicas provocaron una lucha fratricida entre los turcos. Un sultán reinaba en Irán, otro en el Asia Menor; Alepo tenía su propio soberano y Damasco igualmente.
Como si todo esto fuera poco, los fanáticos bebedores de hashish, llamados por los francos «asesinos» (en árabehashashiyyín; también denominados nizaríes, secta escindida del ismailismo), desmoralizaban y desunían a los musulmanes (cfr. M. Stanislaus Guyard: Un Gran Maître des Assassins au temps de Saladin, Imp. Nat., París, 1877; Marshall G.C. Hodgson: The Order of the Assassins. The Struggle of the Early Nizari Isma’ilis against the Islamic World, Mouton, La Haya, 1955; Josef von Hammer-Purgstall: The History of the Assassins, derived from Oriental Sources, Nueva York, 1968; Edward Burman: Los asesinos. La secta de los guerreros santos del islam, Martínez Roca, Barcelona, 1988).
Las diferencias entre los musulmanes contribuyó decisivamente para la victoria de la primera Cruzada. Por esa época, los fatimíes y los selÿukíes se llevaban tan mal como, siglos más tarde, lo harían los católicos y protestantes durante la guerra de los Treinta Años (1618-1648). Para los fatimíes, una secta desviada del shiísmo, los sunníes selÿukíes no eran tanto los hermanos de fe como los intrusos, los invasores, que sólo se diferenciaban de aquellos otros invasores, los cruzados europeos, por sus creencias religiosas. Para los cruzados, en cambio, tal distinción carecía de trascendencia, y llamaban a sus enemigos «sarracenos» (probablemente de una deformación del árabe sharqiyyim, “orientales”), sin hacer diferencias entre árabes y turcos, shiíes o sunníes.

La realidad es que si los cruzados pudieron llegar hasta Jerusalén fue precisamente gracias a la desunión y controversias entre los musulmanes. Si se hubieran unido todos los defensores del Islam para combatir a los francos, ya en las puertas de Antioquía habría sido eliminado todo el ejército cruzado y muy probablemente la amenaza de Occidente hubiera sido erradicada para siempre.
Pero sucedió todo lo contrario: mientras los cruzados asediaban a los selÿukíes de Antioquía, los fatimíes de El Cairo enviaron una delegación que propuso a los francos hacer causa común contra sus enemigos comunes, los selÿukíes. El califa fatimí al- Musta’lí (reinó entre 1094-1101) proponía a Godofredo un reparto del territorio selÿukí. Siria para los francos y Palestina para los fatimíes. Era evidente que en esta propuesta los musulmanes no habían entendido aun la naturaleza y los objetivos de la cruzada, ya que los cruzados habían venido a conquistar Palestina y someter a Jerusalén para siempre y tenerla como capital de un reino latino en Oriente, y no tenían la menor intención de entregar la ciudad santa a los musulmanes, fuesen éstos sunníes o shiíes. Aun así, la delegación fatimí fue recibida con gran cordialidad en Antioquía y en una de las visitas incluso recibieron el«espléndido obsequio»de trescientas cabezas de prisioneros selÿukíes. Vale acotar, que durante el sitio de Antioquía era una práctica común de los cruzados el bombardear la ciudadela catapultando cabezas y otros miembros cercenados de cautivos musulmanes para aterrorizar a los sitiados.
En vista que la respuesta de Godofredo se hizo esperar, los fatimíes se marcharon y en 1098 reconquistaron Palestina. En consecuencia, fueron ellos quienes echaron a los selÿukíes de Jerusalén, y llevaban un año de posesión de la ciudad cuando los doce o veinte mil cruzados hicieron por fin acto de presencia ante las murallas.
Estas desavenencias y desencuentros entre los musulmanes fue casi una constante a partir del siglo XI. Si no hubiera sido por los esfuerzos solitarios de Saladino primero, y el sultán mameluco Baibars después, las Cruzadas hubieran sido un éxito y el mundo islámico habría sido borrado del mapa. Otro ejemplo lamentable es el caso de la España musulmana. Cuando a partir del siglo XV se multiplican las cruzadas contra Granada y los sultanes nazaríes solicitan urgente socorro a sus hermanos magrebíes (hafsíes y mariníes) y orientales (mamelucos y otomanos), encontraran la misma falta de solidaridad e incomprensión.

La Segunda Cruzada
Tras la conclusión de la primera Cruzada los colonos europeos en el Levante establecieron cuatro estados, el más grande y poderoso de los cuales fue el reino latino de Jerusalén. Al norte de este reino, en la costa de Siria, se encontraba el pequeño condado de Trípoli. Más allá de Trípoli estaba el principado de Antioquía, situado en el valle del Orontes. Más al este aparecía el condado de Edesa (ahora Urfa, Turquía), poblado en gran medida por cristianos armenios.
Los logros de la primera Cruzada se debieron en gran medida al aislamiento y relativa debilidad de los musulmanes. Sin embargo, la generación posterior a esta Cruzada contempló el inicio de la reunificación musulmana en el Próximo Oriente bajo el
liderazgo de Imad al-Din Zanguí, gobernante de Al Mawsil y Halab o Alepo (actualmente en el norte de Siria). Bajo el mando de Zanguí, las tropas musulmanas obtuvieron su primera gran victoria contra los cruzados al tomar la ciudad de Edesa en 1144, tras lo cual desmantelaron sistemáticamente el Estado cruzado en la región.
La respuesta del Papado a estos sucesos fue proclamar la Segunda Cruzada a finales de 1145. La nueva convocatoria atrajo a numerosos expedicionarios, entre los cuales destacaron el rey de Francia Luis VII y el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Conrado III. El ejército germano de Conrado partió de Nuremberg (en la actual Alemania) en mayo de 1147 rumbo a Jerusalén. Las tropas francas marcharon un mes más tarde. Cerca de Dorilea las tropas germanas fueron puestas en fuga por una emboscada de los musulmanes selÿukíes. Desmoralizados y atemorizados, la mayor parte de los soldados y peregrinos regresó a Europa. El ejército franco permaneció más tiempo, pero su destino no fue mucho mejor y sólo una parte de la expedición original llegó a Jerusalén en 1148. Tras deliberar con el rey Balduino III de Jerusalén y sus nobles, los cruzados decidieron atacar Damasco en julio. La fuerza invasora no pudo tomar la ciudad y el rey franco y lo que quedaba de su tropa regresaron a su país junto al monje «milagrero» San Bernardo de Claraval (1090-1153), instigador de la cruzada.

Saladino, unificador del Islam
El fracaso de la Segunda Cruzada permitió la reunificación de las potencias musulmanas. Zanguí había muerto en 1146, pero su sucesor, Nuruddín, convirtió su principado en la gran potencia del Próximo Oriente. En 1169, sus tropas, bajo el mando de Saladino,(8) obtuvieron el control de Egipto. Cuando Nuruddín falleció cinco años más tarde, Saladino le sucedió como gobernante del Estado islámico que se extendía desde el desierto de Libia hasta el valle del Tigris, y que rodeaba los estados cruzados que todavía existían por tres frentes.
Después de una serie de crisis en la década de 1180, Saladino finalmente invadió el reino de Jerusalén con 45 mil soldados en mayo de 1187. El 4 de julio derrotó de forma definitiva al ejército franco (23 mil) en Hattin (Galilea). Aunque el rey de Jerusalén, Guy de Lusignan, junto con alguno de sus nobles, se rindió y sobrevivió, todos los Caballeros Templarios(9)y los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén y el controvertido conde Reinaldo de Chatillon (asaltante y asesino de caravanas de peregrinos musulmanes) fueron degollados en el campo de batalla o en sus proximidades. Saladino, tras esta victoria, se apoderó de la mayor parte de las fortalezas de los cruzados en el reino de Jerusalén, incluida esta ciudad, que se rindió el 2 de octubre. En ese momento la única gran ciudad que todavía poseían los cruzados era Tiro, en el Líbano.
Es muy interesante la reflexión del escritor, estadista y diplomático indio Kavalam Madhava Panikkar (1895-1963):«Desde la época de Saladino, quien arrebató nuevamente a Jerusalén a los Cruzados en 1187, la parte del Islam cuyo centro era Egipto se constituyó en una barrera de enorme poderío entre Asia y Europa. La extraordinaria explosión de energía, entusiasmo y celo que impulsó a la Cristiandad en las primeras tres cruzadas se había agotado y la victoria de Saladino, que fue una de las más decisivas del mundo si se la juzga por los acontecimientos posteriores, estableció la supremacía musulmana durante siglos en la vital región de las costas siria y egipcia. Que los estadistas europeos tenían conciencia de esto se demuestra por el hecho de que la quinta cruzada (1218-1219) se dirigió directamente contra el mismo Egipto. Muchos grandes monarcas de Europa se unieron, conducidos por San Luis, en un ataque final (la séptima cruzada), pero también fueron derrotados. Así, después de doscientos años de esfuerzos de las huestes unidas de la Cristiandad, Egipto y la vital línea costera permanecían firmemente en manos de los musulmanes»(K.M. Panikkar:Asia y la dominación occidental. Un examen de la historia de Asia desde la llegada de Vasco de Gama 1498-1945, Eudeba, Buenos Aires, 1966, págs. 4 y 5).

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8 Saladino (1138-1193) fue sultán de Egipto (1171-1193) y de Siria (1174-1193). Nacido en Takrit, en el actual Irak, Saladino, según se le conoce en Occidente, era de origen kurdo; su nombre árabe es Salahuddín Yusuf Ibn Ayub. A los 14 años se unió a otros miembros de su familia (los ayubíes) al servicio del gobernante sirio Nuruddín. Entre 1164 y 1169 destacó en tres expediciones enviadas por Nuruddín para ayudar al decadente califato fatimí de Egipto frente los ataques de los cruzados cristianos establecidos en Palestina. En 1169 fue nombrado comandante en jefe del ejército sirio y visir de Egipto. Aunque nominalmente sujeto a la autoridad del califa fatimí de El Cairo, Saladino trató Egipto como base de poder ayubí, confiando sobre todo en su familia kurda y sus seguidores. Una vez revitalizada la economía de Egipto y reorganizada su fuerza terrestre y naval, Saladino repelió a los cruzados y dirigió la ofensiva contra ellos. En septiembre de 1171 suprimió al disidente régimen fatimí, reunificando Egipto bajo el califato abasí. Tras la muerte de Nur al-Din en 1174, Saladino expandió su poder a Siria y al norte de Mesopotamia. A partir de 1186, numerosos ejércitos musulmanes, aliados bajo el mando de Saladino, estaban preparados para combatir a los cruzados. En 1187 invadió el reino latino de Jerusalén derrotó a los cristianos en los Cuernos de Hattin (Galilea) el 4 de julio, y reconquistó Jerusalén el 2 de octubre. En 1189 las naciones de Europa occidental lanzaron la tercera Cruzada para recuperar la ciudad santa. A pesar de la implacabilidad militar y de los esfuerzos diplomáticos, el bloqueo terrestre y naval obligaron a la rendición del bastión palestino de Acre en 1191, aunque los cruzados fracasaron en la consecución de Jerusalén. En 1192 Saladino firmó un acuerdo de armisticio con el rey Ricardo I de Inglaterra que permitió a los cruzados reconstituir su reino a lo largo de la costa palestino-siria, aunque dejó Jerusalén en manos musulmanas. El 4 de marzo de 1193, Saladino murió en Damasco tras una breve enfermedad, a la edad de cincuenta y cinco años. Dejaba 17 hijos y una hija, y no se le halló más fortuna que 47 dirham y una moneda de oro. Toda la fortuna que disponía había sido invertida para frenar a los cruzados. La historiografía musulmana ha inmortalizado a Saladino como parangón de virtud principesca. Fascinó a los escritores occidentales, novelistas incluidos. Setecientos cinco años más tarde, en 1898, un alemán rendiría los últimos honores a Saladino construyendo un mausoleo para reemplazar la tumba semiderruida junto a la gran mezquita de Damasco y trasladando los restos a un sarcófago de mármol blanco. Encima hizo colgar una lámpara de plata que lleva inscrito el nombre de Saladino y el del donante, el kaiser Guillermo II de Hohenzollern (1859-1941).
9 Los Caballeros Templarios fueron miembros de una orden medieval de carácter religioso y militar, cuya denominación oficial era Orden de los Pobres Caballeros de Cristo (también Orden del Temple). Fueron conocidos popularmente como los Caballeros del Templo de Salomón, o Caballeros Templarios, porque su primer palacio en Jerusalén era adyacente a un edificio conocido en esa época como el Templo de Salomón. La Orden se constituyó a partir de un pequeño grupo militar formado en Jerusalén en el año 1119 por dos caballeros francos, Hughes de Payns y Godofredo de Saint Omer. Su objetivo primario fue proteger a los peregrinos que visitaban Palestina tras la primera Cruzada. La Orden obtuvo la aprobación papal y en 1128, en el Concilio eclesiástico de Troyes, recibió unos preceptos austeros que seguían estrechamente las pautas de la orden monástica de los cisterciencies. La Orden Templaria estaba encabezada por un gran maestre (con rango de príncipe), por debajo del cual existían tres rangos: caballeros, capellanes y sargentos. Los primeros eran los miembros preponderantes y los únicos a los que se les permitía llevar la característica vestimenta de la Orden, formada por un manto blanco con una gran cruz latina de color rojo en su espalda. El cuartel general de los Caballeros Templarios permaneció en Jerusalén hasta la caída de la ciudad en manos de los musulmanes en el año 1187; más tarde se localizó, sucesivamente, en Antioquía, Acre, Cesárea y por último en Chipre.
Como los Caballeros Templarios enviaban regularmente dinero y suministros desde Europa a Palestina, desarrollaron un eficiente sistema bancario en el que los gobernantes y la nobleza de Europa acabaron por confiar. Se convirtieron gradualmente en los banqueros de gran parte de Europa y lograron amasar una considerable fortuna. Después de que las últimas Cruzadas fracasaran y menguara el interés en una política agresiva contra los musulmanes, no fue preciso que los Caballeros Templarios defendieran Palestina. Su inmensa riqueza y su inmenso poder habían levantado la envidia tanto del poder secular como del eclesiástico. La Orden se estableció en el primer tercio del siglo XII en Aragón, Cataluña y Navarra, y posteriormente se extendió a Castilla y León. Su actividad en la península Ibérica se centró en la defensa fronteriza frente a los musulmanes, participando en destacadas acciones bélicas, como las empresas de Valencia y Mallorca junto a Jaime I de Aragón, la conquista de Cuenca, la batalla de las Navas de Tolosa (1212) o la toma de Sevilla (1238). Al igual que en Francia, acabaron por caer en desgracia y ser perseguidos. Sabido es que los templarios en dos siglos de contacto con los musulmanes en Tierra Santa asimilaron diversas prácticas y tradiciones del Islam. Por ejemplo, el blanco y el rojo, conocimiento y amor santo, son dos colores simbólicos del shiísmo. Entre otros los vestían los Buÿíes de Irán (945-1055) y los Fatimíes de Egipto (909-1171), y en Occidente los templarios (1119-1312). En el año 1307, el rey de Francia Felipe IV el Hermoso (1268-1314), con la colaboración del papa Clemente V (m. 1314), ordenó el arresto del gran maestre francés de la Orden del Temple, Jacques de Molay (1243-1314), acusado de sacrilegio y de prácticas satánicas, como ésa de rendirle culto a Mahomet o Bafumet (el Profeta Muhammad) —cfr. Alejandro Vignati: El enigma de los templarios, Círculo de Lectores, Bogotá, 1979, págs. 221- 224—. Molay y los principales responsables de la Orden confesaron bajo tortura y todos ellos fueron posteriormente quemados en la hoguera. La Orden fue suprimida en 1312 por el papa, y sus propiedades asignadas a sus rivales, los Caballeros Hospitalarios, aunque la mayor parte de aquéllas se las apropiaron Felipe IV y el rey Eduardo II de Inglaterra, el cual desmanteló la Orden en este país. Pero los verdugos no sobrevivieron por mucho tiempo a sus víctimas. Pocas semanas después de la ejecución de Jacques de Molay y sus partidarios, murieron Felipe IV y Clemente V. Eduardo II (1284-1327), hijo de Eduardo I (1239-1307), el monarca que hizo descuartizar al héroe nacional escocés William Wallace (1270-1305), llamado Braveheart (“Corazón Valiente”).

La Tercera Cruzada
El 29 de octubre de 1187, el papa Gregorio VIII proclamó la Tercera Cruzada. El entusiasmo de los europeos occidentales fue grande y a sus filas se apuntaron tres grandes monarcas: el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Federico I Barbarroja (1123-1190), el rey francés Felipe II Augusto (1165-1223) y el monarca de Inglaterra Ricardo I Corazón de León (1157-1199). Estos reyes y sus numerosos seguidores constituyeron la fuerza cruzada más grande que había tenido lugar desde 1095, pero el resultado de todo este esfuerzo fue pobre. Federico murió en Anatolia mientras viajaba a Tierra Santa y la mayor parte de su ejército regresó a Alemania de forma inmediata a su muerte. Aunque tanto Felipe II como Ricardo I Corazón de León llegaron a Palestina con sus ejércitos intactos, fueron incapaces de reconquistar Jerusalén o buena parte de los antiguos territorios del reino latino. Lograron, sin embargo, arrancar del control de Saladino una serie de ciudades, incluida Acre, a lo largo de la costa mediterránea. Allí el rey inglés —llamado por los cronistas musulmanes Malik al-Inkitar (rey de Inglaterra)— provocó un genocidio al hacer matar a sangre fría a los 3.000 musulmanes de la guarnición que se habían rendido bajo la vana promesa de que sus vidas serían respetadas. Hacia el mes de octubre de 1192, cuando Ricardo I Corazón de León partió de Palestina, el reino latino había sido restablecido. Este segundo reino, mucho más reducido que el primero y considerablemente más débil tanto en lo militar como en lo político, perduró en condiciones precarias un siglo más.

La Cuarta Cruzada
Las posteriores expediciones no obtuvieron los éxitos militares que había tenido la Tercera Cruzada. La cuarta, que duró dos años, desde 1202 hasta 1204, estuvo plagada de dificultades financieras. En un esfuerzo para aliviarlas, los jefes cruzados acordaron atacar Constantinopla en concierto con los venecianos y aspirar al trono del Imperio bizantino. Los cruzados lograron tomar Constantinopla, que fue saqueada sin misericordia y donde miles de cristianos fueron asesinados por cristianos. La destrucción masiva de tesoros culturales acumulados durante siglos, cometido por eclesiásticos y caballeros cruzados, causó un enorme perjuicio a la civilización europea. El conocido medievalista y bizantinista inglés Steven Runciman (1903), en su monumental obra Historia de las Cruzadas, recientemente reeditada por Alianza en tres volúmenes, afirma rotundamente que«nunca hasta entonces se había cometido un crimen de lesa humanidad como el de la cuarta cruzada» (Tomo III).
El Imperio Latino de Constantinopla, creado así por esta Cruzada, sobrevivió hasta 1261, fecha en la que el emperador bizantino Miguel VIII Paleólogo (1224-1282) retomó Constantinopla. Todo ello no contribuyó en nada a la defensa de Tierra Santa.

La Cruzada contra los Cátaros
En 1208, en un contexto y en un territorio muy distintos, el papa Inocencio III proclamó una Cruzada contra los albigenses,(10) un movimiento religioso, en el sur de Francia.«Digamos, ante todo, que no se trata de una herejía, por lo menos en el sentido habitual del término, sino de una religión completamente diferente del cristianismo. Albigenses y cátaros utilizaron un vocabulario muy próximo al de los católicos;ésta es probablemente la causa de que se les haya tratado siempre de heréticos. (…) En efecto, los orígenes del catarismo eran tan remotos en el tiempo como en el espacio, y no es absurdo pensar que hubiera podido llegar a ser una de las religiones del mundo.» (Fernand Niel: Albigenses y cátaros, Los libros del mirasol, Companía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1962, pág. 9).
La consiguiente Cruzada fue la primera que tuvo lugar en Europa occidental. Duró desde 1209 hasta 1229 y causó un gran derramamiento de sangre (más de sesenta mil albigenses fueron muertos solamente en 1209 cuando fue capturada la plaza fuerte de Béziers). «La Cruzada de los Albigenses causó —según se dice— un millón de víctimas» (Fernand Niel. O. cit., pág. 10).
10 Los Albigenses fueron considerados la herejía más importante dentro de la Iglesia católica durante la Edad Media. Su nombre se lo deben al pueblo de Albi, en el sur de Francia, el centro más importante de este movimiento. Los albigenses eran fervientes seguidores del sistema maniqueísta dualístico — originado en el antiguo Irán y difundido a través de las enseñanzas del sabio persa Mani (216-276), fundador del maniqueísmo—, que durante siglos floreció en la zona del Mediterráneo oriental. Los dualistas creían en la existencia independiente y separada de dos dioses: un dios del bien y otro del mal. Dentro de Europa occidental, los partidarios del dualismo, los cátaros (del griego katharos, que significa “puro”), como los bogomilos (originados en Bosnia) y los paulicianos (originados en Armenia, luego trasladados a Bulgaria), aparecieron por primera vez en el norte de Francia y en los Países Bajos a finales del siglo XI y principios del XII. Perseguidos y expulsados del norte, los predicadores cátaros se trasladaron hacia el sur, logrando tener una gran aceptación en las provincias semi-independientes del Languedoc y las áreas próximas. Fue allí donde recibieron el nombre de albigenses. Los albigenses creían que toda la existencia se debatía entre dos dioses: el dios de la luz, la bondad y el espíritu, generalmente asociado con Jesucristo y con el Dios del Nuevo Testamento; y el dios del mal, la oscuridad y los problemas, al que identificaban con Satán y con el Dios del Antiguo Testamento. Temas sujetos a fuertes debates eran si las dos deidades ejercían el mismo poder o si las fuerzas del mal estaban subordinadas a las del bien. Por definición, cualquier asunto material, incluyendo la salud, la comida, y el mismo cuerpo humano, era perniciosa y aborrecible. Como Satán había hecho prisionera al alma en el cuerpo humano, la única esperanza para la salvación humana es la de llevar una vida buena y espiritual. Gozando de una vida buena, las personas podrían lograr liberarse de la existencia material después de su muerte. Si no se lograra llegar a la virtud durante el transcurso de la vida, el alma volvería a nacer convertida en ser humano o en animal. Los albigenses creían que Cristo era Dios, pero que durante su estancia en la tierra fue una especie de ángel con un cuerpo fantasma que adoptó la apariencia de un hombre. Sostenían que la Iglesia cristiana tradicional, con su gran cantidad de sacerdotes corruptos y su inmenso bienestar material, era la representación de Satán y que debía ser abolida. Los seguidores de la doctrina albigense estaban divididos en dos grupos: los simplemente creyentes y los «perfectos». Los perfectos se obligaban a sí mismos a llevar vidas de un ascetismo extremo. Renunciaban a todo lo que poseían, sobreviviendo sólo con las donaciones que hacían los otros miembros de la comunidad. Tenían prohibido prestar juramentos, tener relaciones sexuales y comer carne, huevos o queso. Sólo los perfectos se podían comunicar con Dios por medio de la oración. Los simples creyentes podían aspirar a convertirse en perfectos después de un largo periodo de iniciación, seguido por el rito delconsolamentum, o bautismo del Espíritu Santo por medio de la imposición de las manos. Algunos recibían este bautismo sólo estando próxima la hora de su muerte, y como un modo para asegurar su salvación, se abstenían de comer y de beber; en cierto modo cometían suicidio. En un principio, la Iglesia católica trató de reconvertir a los albigenses por medios pacíficos, pero cuando fallaron todos los intentos, el papa Inocencio III lanzó la Cruzada albigense (1209-1229) que reprimió a los seguidores de este movimiento de una forma brutal y a su paso desoló gran parte del sur de Francia. Sólo pequeños grupos de albigenses sobrevivieron en zonas muy desoladas, aunque luego fueron perseguidos por la Inquisición entre 1240-1255. En el baluarte de Montsegur (Roussillon), en 1244, doscientos defensores cátaros y sus familias fueron quemados vivos por los cruzados.

La Cruzada de los Niños
Una descabellada empresa mística que finalizó en el más absoluto fracaso y, lo que es peor, con la muerte de miles de niños y niñas alentados del más extraordinario e inconsecuente fervor, se produjo hacia 1212. Decenas de miles de pequeños, provenientes de Francia y Alemania, participaron en las cruzadas infantiles. Luego de marchas interminables donde padecieron hambre, frío y violaciones de todo tipo, una parte importante de estos niños logró arribar al puerto de Marsella. Allí llegaron a un acuerdo con dos armadores que prometieron llevarlos a Siria. Miles de ellos se embarcaron en siete grandes bajeles. A los pocos días fueron sorprendidos por una furiosa tempestad y dos de las embarcaciones naufragaron cerca de la isla de Cerdeña. Todos los pasajeros se ahogaron. Los cincos navíos restantes llegaron a Alejandría (Egipto) y Bugía (Argelia) donde fueron capturados por los musulmanes (muchos de ellos se islamizaron y posteriormente integraron los destacamentos mamelucos). A los que quedaron en Marsella y otros que se desperdigaron durante la caminata, el Papa Inocencio III les ordenó que recibieran la cruz, pero que esperaran atravesar el mar y combatir contra los musulmanes cuando tuvieran la edad suficiente.

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Las Cruzadas del Norte
En el centro y norte de Europa otros cruzados arremetieron contra pueblos que se negaban a aceptar su autoritarismo (cfr. Eric Christiansen: The Northern Crusades, Penguin Books, 1997). Los Caballeros Teutónicos, —orden creada en Palestina, constituida primero como hospitalaria (1190) y luego como militar (1198)—, que utilizaban como símbolo una cruz que luego fue insignia de Alemania durante la primera y segunda guerra mundial, desencadenaron ofensivas contra los rusos, los prusianos y los lituano-polacos, siendo derrotados respectivamente en la batalla del lago Pepis (Estonia) en abril de 1242 por Alexander Nevski (1220-1263), y en Tannenberg el 15 de julio de 1410 por el general husita Jan Zizka (1376-1424). Precisamente, entre 1420 y 1431 se desarrollaron las infructuosas cinco cruzadas contra los husitas, los partidarios de Jan Hus.(11)
11Jan Hus (1372-1415) fue un reformador religioso de Bohemia, cuyos esfuerzos por reformar la Iglesia se anticiparon a la Reforma protestante. Hus nació en Husinec, al sur de Bohemia (hoy República Checa). Estudió en la Universidad de Praga y se licenció en ciencias y humanidades en 1396. Dos años después fue profesor de teología en esa universidad y en 1401 le nombraron decano de la facultad de filosofía. Al año siguiente de ordenarse sacerdote (1401) asumió nuevas obligaciones como predicador de la Bethlehem Chapel, donde los sermones se pronunciaban en checo en lugar del latín tradicional. El nacionalismo checo y el movimiento reformista iniciados por Jan Milíc, conocido predicador bohemio del siglo XV, estaban muy extendidos en la universidad y en la Bethlehem Chapel, y Hus se sintió inmediatamente atraído por ellos. Aunque menos radical que el reformador inglés John Wycliffe (1330- 1384), Hus estuvo de acuerdo con él en muchos puntos. En el ámbito práctico, ambos condenaban los abusos de la Iglesia e intentaron, con la predicación, acercar ésta al pueblo; en el aspecto doctrinal ambos creían en la predestinación y consideraban la Biblia como la máxima autoridad religiosa; sostenían que Cristo, antes que ningún eclesiástico corrupto, era la verdadera cabeza de la Iglesia. En 1408 atacó en sus sermones al arzobispo y le prohibieron practicar sus funciones sacerdotales en la diócesis. Al año siguiente, Alejandro V, uno de los tres papas rivales que entonces luchaban por la autoridad de la Iglesia, promulgó una bula en la que condenaba las enseñanzas de Wycliffe y ordenaba que sus libros fueran quemados. Hus, que había enseñado sus doctrinas, fue excomulgado en 1410, pero para entonces había conseguido un gran apoyo popular, por lo que estallaron disturbios en Praga. Respaldado por las manifestaciones populares, continuó predicando, incluso después de que la ciudad quedara bajo el interdicto religioso, en 1412. Un año después, muchos de sus seguidores influyentes fueron apartados del poder y él tuvo que huir de Praga buscando refugio en los castillos de varios nobles amigos. Durante este tiempo escribió su principal obra, De Ecclesia. En 1414 fue convocado para participar en el Concilio de Constanza, que se reunió para resolver el cisma de la Iglesia y acabar con las herejías. Recibió un salvoconducto del emperador Segismundo y Hus creyó que podría defender sus opiniones con plena libertad, pero al llegar sus enemigos le encarcelaron y procesaron por hereje. Las acusaciones formuladas en su contra se basaron en una exposición falsa de la doctrina que él había predicado, y cuando fue conminado a retractarse y a dejar de predicar, se negó de forma categórica. El concilio le condenó y murió como un héroe en la hoguera. Su ejecución provocó el estallido de las Guerras Husitas en Bohemia.

La Quinta Cruzada
La primera ofensiva de la quinta Cruzada de Oriente (1217-1221) tenía como objetivo capturar el puerto egipcio de Damietta (Dumyat), lo cual consiguió en 1219. La estrategia posterior requería un ataque contra Egipto, la toma de El Cairo y otra campaña para asegurar el control de la península del Sinaí. Sin embargo, la ejecución de esta estrategia no obtuvo todos sus objetivos. El ataque contra El Cairo se abandonó cuando los refuerzos que había prometido el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico II, no se materializaron. En agosto de 1221 los cruzados se vieron obligados a rendir Damietta a los egipcios y en septiembre el ejército cristiano se dispersó (cfr. Powell, J.M.: The Anatomy of a Crusade 1213-21, Pennsylvania, 1986).
El español Pelayo, legado papal, el mismo que poco antes intentara la conversión al catolicismo de los griegos ortodoxos, intentó hacia 1220 una alianza con Gengis Jan (1167-1227) para que el ejército de los mongoles atacara por la espalda a los musulmanes. Pero este ataque no se produjo hasta 1260 y no prosperó. En 1401 Tamerlán Timur (1336-1405) ocupará Damasco, pero luego se convertirá al Islam y será un mecenas del arte y las ciencias.

La Sexta Cruzada
El emperador de Sicilia Federico II Hohenstaufen (1194-1250) hablaba seis idiomas, entre ellos el árabe, y había estudiado el Corán así como numerosos tratados de sabios musulmanes. Por sus simpatías hacia el Islam fue excomulgado tres veces (1227, 1239 y 1245) por los pontífices Gregorio IX e Inocencio IV bajo los cargos de «islamófilo y arabizante». En 1224 fundó la Universidad de Nápoles. Hizo traducir a Averroes y consultaba a los sabios musulmanes de Oriente y Occidente. «La túnica con la cual fue sepultado, estaba bordada en oro con inscripciones arábigas»(cfr. Emir Emin Arslan: Los Arabes, Sopena, Buenos Aires, 1943, pág. 102). Al producirse la sexta cruzada, Federico marchó a Tierra Santa en junio de 1228. El sultán Malik al-Kamil (m. 1238), sobrino de Saladino, asombrado de hallar un monarca europeo que entendía el árabe y apreciaba la literatura, ciencia y filosofía islámicas, hizo una paz favorable con Federico, y el 18 de febrero de 1229 Jerusalén fue entregado al cuidado del emperador germánico.
Al mismo tiempo, el papa proclamó otra cruzada, esta vez contra Federico; reclutó un ejército y procedió a atacar las posesiones italianas del emperador. Federico regresó a Europa en mayo de 1229 para hacer frente a esta amenaza y derrotó al ejército papal.
Un contemporáneo de Federico y uno de los más célebres Minnesänger (trovadores) alemanes, el caballero Wolfram von Eschenbach (1165-1220), en su historia épica Willehalm, describe a los musulmanes que luchan contra los cruzados bajo el signo de una humanidad entendida generosamente (cfr. Pierre Ponsoye: El Islam y el Grial. Estudio sobre el esoterismo del Parzival de Wolfram von Eschenback, Olañeta, Palma de Mallorca, 1998).

Los mamelucos salvan el Islam: las hazañas de Baibars

Mamluk es una palabra árabe que significa «poseído», «gobernado», es decir esclavo de origen no-musulmán. Los mamelucos, que al principio constituían una milicia de esclavos provenientes de Turquía y Grecia (unos doce mil), fueron traídos a Egipto en el siglo XIII por el sultán ayubita As-Salih, que hizo de ellos una especie de guardia pretoriana, que ayudó a combatir eficazmente a los cruzados en Palestina.(12)
El famoso héroe Ruknuddín Baibars (1223-1277), apodado al-Bundukdarí (“El Ballestero”), que luego sería sultán y derrotaría en repetidas ocasiones a los francos, sería el primer comandante y organizador de la formación militar de los mamelucos.
Su carrera militar no tiene igual en ninguna época islámica anterior o posterior. Solamente durante sus diecisiete años de sultanato (1260-1277) realizó treinta y ocho campañas durante las cuales recorrió cuarenta mil kilómetros (cfr Robert Irwin: The Middle East in the Middle Ages: The Early Mamluk Sultanate, 1250-1382, Southern Illinois University Press, Illinois, 1986.
Nueve veces luchó contra los mongoles, cinco contra los armenios y tres contra los hashashiyyín (“los Asesinos”). Sólo contra los francos luchó en 21 ocasiones, y salió vencedor en todas. A los cruzados les logró capturar baluartes considerados inexpugnables, como los castillos de Safed (mar de Galilea), en 1266, Beaufort de los templarios (a orillas del Litani, sur del Líbano), en 1268, y el famoso Krak de los Caballeros (al oeste de Homs, en Siria), en 1271. Además conquistó las ciudades de Arsuf, Cesárea, Jaffa, Haifa,Torón y Antioquía. En 1270 envió a la flota mameluca a atacar el puerto chipriota de Limassol en represalia por la ayuda constante de la dinastía Lusignan (1191-1489) a los baluartes cruzados de Palestina y Siria. En 1273 destruyó el castillo de los Asesinos en Masyaf (cerca de Hamah, en Siria), donde residía Sinán (m.
1192), el llamado «Viejo de la Montaña» (Sheij al-Ÿabal), y su siniestra organización.(13)
Su victoria más importante, sin embargo, fue en el oasis de dunas de Ain Ÿalut (“La fuente de Goliat”), en la actual localidad palestina de Ein Harod (a mitad de camino entre Afula y Bet She’an), el 3 de septiembre de 1260. Ese día, el general Baibars y el sultán Qutuz (g.1259-1260) derrotaron a un poderosísimo ejército mongol de cincuenta mil hombres y diez mil jinetes enviado por Hulagú (el nieto de Gengis Jan) al mando de Ketbogha. La estrategia de los mamelucos fue una copia casi exacta del ardid por el cual el general cartaginés Aníbal Barca venció a los romanos en Cannas (agosto, 216 a.C.). La infantería musulmana (unos veinte mil) al mando del sultán Qutuz Ibn Abdullah aguardó fuera de la vista del enemigo mientras Baibars y sus doce mil jinetes fingieron hacer un ataque masivo y luego retrocedieron. Los mongoles persiguieron a lo que se retiraban, sin percatarse por la rapidez de la acción y la polvareda reinante que eran conducidos al centro de una pinza que se cerró inexorablemente en el momento preciso, mientras la caballería mameluca giraba en redondo y contraatacaba. Ketbogha sucumbió en el combate. Esa finta de Baibars consiguió el triunfo.
Esta batalla fue una de las más importantes de la historia, comparable a la de Gaugamela (1 de octubre, 331 a.C.), por la que Alejandro conquistó el Imperio persa, a la de Hastings (14 de octubre, 1066), por la que Inglaterra pasó a manos de los normandos, a la de Waterloo (18 de junio, 1815), por la que Napoléon fue definitivamente vencido, o a la del Alamein (23 de octubre-4 de noviembre, 1942), por la que el Afrika Korps de Rommel fue frenado y desbandado a las puertas de El Cairo. Dice el medievalista británico Steven Runciman:«La victoria mameluca salvó al Islam de la amenaza más peligrosa con que se había enfrentado nunca. Si los mongoles hubieran penetrado en Egipto no habría quedado ningún estado musulmán importante en el mundo al este de Marruecos» (S. Runciman: Historia de las cruzadas, Alianza, Madrid, 1997, vol. III: “El Reino de Acre y las últimas cruzadas”, pág. 289).
Es lícito especular acerca de lo que pudo pasar en Ain Ÿalut si hubieran resultado los mongoles victoriosos, y sobre todo cómo habría cambiado la historia del Mediterráneo, y con ella la civilización del Islam, la cual hubiera prácticamente desaparecido. Recordemos que ya en ese año crucial de 1260, grandes ciudades musulmanas como Bujará, Samarcanda, Gazni, Herat, Merv, Nishabur, Hamadán, Tabriz, Mosul, Alepo, Damasco habían sido saqueadas, casi destruidas y sus habitantes pasados a cuchillo o violados.
Los sabios del Islam con sus universidades (madrasas). bibliotecas, observatorios, laboratorios y miles de descubrimientos invalorables atesorados en seis siglos se perdieron para siempre y fueron barridos del mapa. Solamente en Bagdad (tomada el 10 de febrero de 1258), los mongoles mataron a no menos de un millón de musulmanes árabes y persas en cuarenta días, o sea la mitad de la población: «Un mongol encontró en una calle lateral a cuarenta niños recién nacidos, cuyas madres estaban muertas. Como acto de clemencia, los mató, pues pensó que no podrían sobrevivir sin nadie que los amamantase» (Steven Runciman, Historia de las Cruzadas. O. cit. Vol. III, págs. 280- 281). «Algunos mongoles —aseguran testigos oculares—, destripaban cadáveres, los llenaban hasta el tope con alhajas saqueadas y así desaparecían cabalgando, llevando delante suyo sobre la montura, atravesados, estos espantosos recipientes para el transporte…El conquistador recién se retiró un rato cuando se hizo insoportable el olor de los cadáveres al bajar el fresco invernal… Sólo quedaron intactos los cristianos y las iglesias cristianas. No únicamente porque las primeras mujeres de Hulagú eran cristianas. Hulagú había entrado en una gran coalición con los cruzados, por medio del rey (cristiano) de Armenia, que era suegro del príncipe cruzado Bohemond de Antioquía» (Rolf Palm, Los árabes. La epopeya del Islam, Javier Vergara, Buenos Aires, 1980, pág. 331).

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Paradójicamente, a partir del jan Mahmud Ghazán (g. 1295-1304) —restaurador del Islam en Irán—, los mongoles se harán paulatinamente musulmanes y tendrán sabios y científicos de la talla de Ulug Beg (1394-1449) —astrónomo, historiador, teólogo, poeta y mecenas de las artes—, y políticos y guerreros como Zahiruddín Muhammad Babur (1483-1530) —fundador de la dinastía mogol de la India musulmana (1526-1858), que revitalizarán y consolidarán el Islam en el Lejano Oriente.
Baibars también se destacó como renovador religioso y estadista. Prohibió la prostitución y las bebidas alcohólicas bajo pena de muerte. En el campamento de turno y en el palacio de El Cairo o Damasco denunciaba con su voz potente e imperturbable los males de la época y recomendaba las soluciones apropiadas. Hizo construir escuelas, hospitales, un estadio de tamaño olímpico, embalses y canales en el valle del Nilo, cocinas populares, distribución anual de diez mil bolsas de cereal para beneficencia, e implementó un servicio postal de cuatro días para una carta de El Cairo hasta Damasco; eficiencia que hoy día rara vez se alcanza. La lista de sus obras sociales es casi tan larga como aquélla de sus empresas militares.
Los mamelucos llevaban siempre encima dos o tres arcos con sus correspondientes cuerdas, y eran tan estupendos arqueros que cuando tiraban flechas de espaldas, es decir, al retirarse, éstas eran tan mortales como las que tiraban por delante (cfr.G. Rex Smith: Medieval Muslim Horsemanship, The British Library, 1979).
El famoso historiador musulmán tunecino Ibn Jaldún (1332-1406) describe con precisión uno de los secretos tácticos de estos guerreros temerarios: «Oímos decir que la técnica de combate de las naciones turcas contemporáneas [se refiere a potencias militares como los mamelucos egipcios y sirios, y los epígonos turcomanos de los mongoles en Irak y Persia] se basa en disparar flechas. Su orden de batalla consiste en una formación en líneas sucesivas. Desmontan de sus caballos, vacían sus carcajs en tierra ante sus pies y van disparando las flechas arrodillados o a gachas. Cada línea protege a la delantera contra los ataques del enemigo, hasta que uno de los lados alcanza la victoria. Este tipo de orden de batalla es verdaderamente notable» (cfr. Ibn Jaldún: Introducción a la historia universal. Al-Muqaddimah, FCE, México, 1977).
Gracias a estas pericias y a una perfeccionada estrategia y disciplina militar, los mamelucos en menos de treinta años vencieron la doble y terrible amenaza de cruzados y mongoles. El sultán mameluco Qalawún al-Alfi, que gobernó entre 1279-90, emprendió una primera ofensiva contra los cristianos, tomando la fortaleza de Montreal (al- Shawbak). En 1289 logró reconquistar la importante plaza fuerte de Trípoli, donde perdieron la vida siete mil soldados francos. Qalawún fue un gran constructor y mandó restaurar las ciudades de Alepo, Damasco y Baalbak, dañadas por los cruzados. Su hijo y sucesor al-Jalil (que gobernó entre 1290-93) coronó la obra de sus antecesores con la toma de la fortaleza de Acre en 1291, después de un asedio de mes y medio, luchando a brazo partido con los caballeros templarios que la ocupaban. Guillermo de Clermont, gran maestre de la orden de San Juan, encontró la muerte cuando luchaba por su hospital. La gran torre de los templarios fue socavada y se desplomó, enterrando a los que la defendían. Los cuatro últimos puertos, Tiro, Sidón, Beirut y Tortosa, fueron evacuados sin combate por los francos, lo cual significó el fin de las cruzadas.
En 1300, los mongoles ocuparon Damasco y penetraron profundamente en Palestina. Cuando ya habían llegado a Gaza, puerto de la frontera egipcia, los mamelucos se recobraron, pasaron a la ofensiva, y en 1303 derrotaron a los invasores en dos batallas, en Marsh al-Suffar, al sur de la capital siria, y cerca de Homs, en el valle de Orontes.
Es justo y necesario reivindicar el papel que cupo a los mamelucos en salvaguardar el territorio de los musulmanes. Sin ellos, el avance de los mongoles (que ya había destruido el califato de Bagdad en 1258) hubiera sido incontenible y Egipto, Siria y Palestina hubieran sido totalmente arrasados. Por otra parte, los mamelucos fueron notables arquitectos. Sus mezquitas y santuarios embellecieron El Cairo y fijaron un estilo arquitectónico islámico con características originales que hoy sorprenden gratamente a los estudiosos (cfr. Henri y Ann Stierlin: Splendours of an Islamic Civilization. The Eventful Reign of the Mamluks, Tauris Parke Books, Londres/Nueva York, 1997; Henri Stierlin: Islam. Volume II: From the Mamluks of Cairo to the Nasrids of Granada, Taschen, Köln, 1998.
12Los esclavos que componían la institución mameluca dominante habían llegado a Egipto y Siria en calidad de paganos, llevados por venecianos y genoveses y otros mercaderes para ser vendidos allí. El apodo del sultán Qala’ún al-Alfi (g. 1279-1290) suele interpretarse por el hecho de que había costado mil (alf) dinares, mientras que el gran Baibars, azote de cruzados y mongoles, sólo se pagaron cuarenta dinares, porque tenía un defecto en un ojo. Los jóvenes mamelucos que compraban los sultanes ayubíes recibían una concienzuda educación islámica y buena preparación militar en colegios especiales de El Cairo, y cuando, al cabo de de varios años, salían de ellos completamente transformados, se enrolaban en el cuerpo de los mamelucos reales y recibían la libertad, caballos y el equipamiento debido, además de una tenencia de tierra que les permitía vivir independientemente. En su mejor momento, el soldado mameluco de caballería era notable por su pericia ecuestre y por su habilidad en el manejo de las armas, en particular el arco y la lanza. Las tropas mamelucas mantenían su alto nivel de manejo de armas con prácticas, entrenamientos y ejercicios en varios terrenos especialmente acotados que había en torno a el Cairo, y la literatura que ha llegado hasta nosotros sobre estos «ejercicios caballerescos» (furusiyya) nos da descripciones detalladas de los procedimientos a seguir, junto con útiles ilustraciones del equipamiento a usar. Había ejercicios coordinados de caballería y juego de polo y esgrima, de lucha libre y de arquería. Conviene también mencionar en este punto la importancia que tuvieron los períodos ayubí y mameluco en el desarrollo de la heráldica. Durante estos períodos, los grandes emires usaban blasones que el sultán les había concedido a título individual. Las palabras árabes con que se designaban estos blasones eran rank (derivada de una palabra persa: rang, que significa “color” y que originó el término “rango” como expresión de jerarquía — en inglés se dice rank) y shi’ar, que quiere decir «emblema». Estas divisas parecen tener origen en los cargos de la casa o la administración del sultán que ostentaban esos emires; así, por ejemplo, el maestre de polo ostentaba palos de polo, etc. A mediados del siglo XIV, un monje irlandés viajero, émulo de San Brendan (486-578), presenció en El Cairo un gigantesco partido de polo jugado por seiscientos caballeros mamelucos (trescientos por bando) que era muy similar al (hurling) que «jugaban los pastores en los países cristianos con una bola y un palo curvo, excepto que el sultán y sus nobles nunca golpeaban la bola a menos que estuvieran montados a caballo… Esto provocaba que muchos caballos y caballeros quedasen incapacitados para el servicio activo en el futuro». El sultán Aibak (g. 1250-1257), esposo de Shaÿar ad-Durr (1217-1257), era un entusiasta y formidable jugador de polo.

13 Los nizaríes fueron una rama de la secta ismailí. Partidarios de Nizar, uno de los hijos del califa fatimí al-Mustansir (g.1038-1094) se convirtieron en disidentes y enemigos de los fatimíes, ayubíes y mamelucos. Tuvieron cierto desarrollo en Egipto, Siria e Irán entre los siglos XI y XIII. De su seno surgió un movimiento conocido en Occidente como los «Asesinos» (en árabe hashashíyyín “drogados de hachís”), que tomarían dos fortalezas convirtiéndolas en sus bases operacionales, una en Alamut, en las montañas del norte de Irán, en 1090, y otra en Masyaf, cerca de Hamah, Siria, en el siglo XII. Su objetivo era eliminar a las principales personalidades religiosas, militares y políticas musulmanas o conseguir dinero de ellas a cambio de «protección». Esta verdadera maffia fue combatiza tenazmente por el sultán Saladino y sus sucesores. Alamut fue conquistada por los mongoles de Hulagú en 1256 quienes, paradójicamente, liberaron al gran sabio y astrónomo Nasiruddín at-Tusí (1201-1274) de la escuela shií que se hallaba prisionero en las mazmorras de esos criminales. No confundirlos con los nusairíes, otro grupo sincrético escindido del ismailismo, fundado en Irak por Muhammad Ibn Nusair en 859.

La Séptima Cruzada
Transcurrieron casi 20 años entre la Cruzada de Federico y la siguiente gran expedición al Próximo Oriente, organizada y financiada por el rey Luis IX de Francia y motivada por la reconquista de Jerusalén por parte de los musulmanes en 1244. Luis pasó cuatro años haciendo cuidadosos planes y preparativos para su ambiciosa expedición. A finales de agosto de 1248, Luis y su ejército marcharon hasta la isla de Chipre, donde permanecieron todo el invierno y continuaron los preparativos. Siguiendo la misma estrategia que la quinta Cruzada, Luis y sus seguidores desembarcaron en Egipto, el 5 de junio de 1249, y al día siguiente tomaron Damietta. El siguiente paso en su campaña, el ataque a El Cairo en la primavera de 1250, acabó siendo una catástrofe. Los cruzados no pudieron mantener sus flancos, por lo que los egipcios retuvieron el control de los depósitos de agua a lo largo del Nilo. Los musulmanes egipcios abrieron las esclusas, provocando inundaciones, que atraparon a todo el ejército cruzado, y Luis IX fue forzado a rendirse en abril de 1250. Tras pagar un enorme rescate y entregar Damietta, Luis marchó por mar a Palestina, donde pasó cuatro años edificando fortificaciones y consolidando las defensas del reino latino. En la primavera de 1254 regresó con su ejército a Francia.

La Octava Cruzada
El rey Luis IX también organizó la última gran Cruzada, en 1270. En esta ocasión la respuesta de la nobleza franca fue poco entusiasta y la expedición se dirigió contra la ciudad de Túnez y no contra Egipto. Acabó súbitamente cuando Luis murió en Túnez en el verano de 1270. Poco después fue canonizado, probablemente por las caritativas palabras de la consigna impartida a sus soldados: «hacer entrar la espada en el vientre de los infieles tanto como quepa» (cfr. Jean de Joinville: The Life of St. Louis, trans. Shaw, M.R.B., Joinville and Villehardouin, Chronicles of the Crusade, Harmondsworth, 1963.
Mientras tanto, las fortificaciones fronterizas que todavía le quedaban al Imperio Latino en Siria y Palestina se vieron sometidas a una presión incesante por parte de las fuerzas egipcias. Una a una, las ciudades y castillos de los estados cruzados cayeron en manos de los potentes ejércitos mamelucos. La última plaza fuerte, la ciudad de Acre fue tomada el 18 de mayo de 1291 y los pobladores cruzados, junto con las órdenes militares de los Caballeros Templarios y los Caballeros Hospitalarios, buscaron refugio en Chipre. Alrededor de 1306, estos últimos se establecieron en la isla de Rodas, la cual administraron como un virtual Estado independiente y fue la última plaza fuerte en el Mediterráneo hasta su rendición a los otomanos en 1522. En 1570, Chipre, por aquel entonces bajo la soberanía de Venecia, también fue conquistada por los otomanos. Los otros estados latinos que se establecieron en Grecia como consecuencia de la cuarta Cruzada sobrevivieron hasta la mitad del siglo XV.

LAS CONSECUENCIAS DE LAS CRUZADAS
La expulsión de los latinos de Tierra Santa no puso fin a los esfuerzos de los cruzados, pero la respuesta de los reyes europeos y de la nobleza a nuevas convocatorias de Cruzadas fue débil, y las posteriores expediciones se llevaron a cabo sin ningún éxito. Dos siglos de Cruzadas habían dejado poca huella en Siria y Palestina, salvo numerosas iglesias, fortificaciones y una serie de impresionantes castillos (ciento dos en total), como los de Margat (al-Marqab), en la costa de Siria, Montreal, en la Transjordania, el Krak de los Caballeros, cerca de Trípoli (edificado sobre una primitiva fortaleza llamada en árabe Hons al-Akrad), y tal vez el más imponente, con capacidad para una guarnición de dos mil hombres, y Belfort, a orillas del río Litani (sur del Líbano).
Se calcula que las cruzadas que tuvieron lugar entre 1095 y 1291 debieron costar en total unos dos millones de vidas humanas, o sea un 7% del total de la población europea que, en la Edad Media oscilaba en los 28 millones de personas. Pero Occidente no aprendió la lección de las cruzadas; la caída de Acre no fue más que un breve paréntesis, no un final definitivo. Las cruzadas continuaron, con sus derramamientos de sangre, sus muertes y sus saqueos. En octubre de 1365, el franco Pedro I de Chipre (1329-1369) de la dinastía Lusignan, asaltó Alejandría en Egipto por sorpresa, asesinando a veinte mil de sus habitantes y llevándose a cinco mil cautivos musulmanes y judíos. Los efectos de las Cruzadas se dejaron sentir principalmente en Europa, no en el Cercano Oriente. Los cruzados habían apuntalado el comercio de las ciudades italianas, habían generado un interés por la exploración del Oriente y habían establecido mercados comerciales de duradera importancia.

Los experimentos del Papado y de los monarcas europeos para obtener los recursos monetarios para financiar las Cruzadas condujeron al desarrollo de sistemas de impuestos directos de tipo general, que tuvieron consecuencias a largo plazo para la estructura fiscal de los estados europeos. Aunque los estados latinos en el Oriente tuvieron una corta vida, la experiencia de los cruzados estableció unos mecanismos que generaciones posteriores de europeos usarían y mejorarían, al colonizar los territorios descubiertos por los exploradores de los siglos XV y XVI. Sin duda alguna, el intercambio de valores materiales y espirituales entre el Islam y Occidente se inició mucho antes de las Cruzadas. Los aportes culturales y científicos de los musulmanes habían comenzado a fluir a la Europa cristiana en el siglo VIII y IX desde la España musulmana, Sicilia y a través de Bizancio. Sin embargo, las cruzadas aumentaron esto considerablemente. Por ejemplo, en los siglos XII y XIII plantas y frutas hasta entonces desconocidos en el continente europeo como el arroz, el trigo sarraceno, las sandías, los melones, las berenjenas, las naranjas, los limones, los damascos y los albaricoques, así como la caña de azúcar, comenzaron a sembrarse. En Italia comenzó a fabricarse por la misma época modelos musulmanes: aparecieron la muselina, la damasquina, el percal y los tapices.

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«Sabemos mejor hoy día que, en la Edad Media, el Cristianismo y el Islam no tan sólo se enfrenatron, y que, enfrentándose, no tan sólo se combatieron. Señales concordantes y ciertas atestiguan que hubo, entre sus minorías responsables, más allá del anatema y el combate, no sólo intercambios, superficiales u ocasionales, sino una conjunción espiritual auténtica, en la que la intelectualidad islámica desempeñó, durante siglos, el papel inspirador y guía.» (Pierre Ponsoye: El Islam y el Grial. Estudio sobre el esoterismo del Parzival de Wolfram von Eschenback, José J. De Olañeta, Palma de Mallorca, 1998, pág. 13).
En otros rubros, la brújula y la pólvora fueron conocidas antes de terminar las Cruzadas y es evidente que provinieron del Oriente a través del Islam.
Historiadores como Guillermo de Tiro (1130-1185) hablaban de la civilización musulmana con un respeto, a veces con una admiración, que habría escandalizado a los monjes y guerreros de la primera cruzada.
Cuando, después de 1250, los monjes y templarios solicitaban fondos para nuevas Cruzadas, algunos oyentes, con amarga ironía, llamaban a los pobres y les daban limosna en nombre del Profeta Muhammad, pues Mahoma —decían— había probado ser más fuerte que la fe de los cruzados.
Los médicos cristianos aprendieron de los profesionales musulmanes y la cirugía occidental sacó un gran provecho de las cruzadas.
La influencia del Islam a través de las cruzadas llegó incluso a transformar los hábitos y la liturgia del cristianismo. Por ejemplo, el rosario (en árabe masbaha y tasbih), utilizado por los musulmanes para sus súplicas y la glorificación de los 99 nombres o atributos divinos, fue adoptado por Santo Domingo de Guzmán (1170-1221), fundador de la orden de los dominicos, e incorporado a la práctica cristiana.
Seda, azúcar, especias como pimienta, jengibre, clavo, canela, cardamomo, raros lujos en la Europa del siglo XI, comenzaron a llegar en abundancia a la Europa del siglo XIII y XIV. Espejos de cristal azogado reemplazaron a los de bruñido cobre o hierro.
Las Cruzadas habían comenzado con un feudalismo agrario inspirado en los apetitos desmedidos del clero y los nobles, mezclado con el salvajismo germánico bajo el manto de sentimiento religioso. Gracias a su contacto con el Islam, los europeos terminaron doblemente beneficiados, con la ascensión de la industria y la expansión del comercio al Oriente, en una revolución económica que anunció y sostuvo el Renacimiento.
Sin embargo, para el Oriente musulmán, las cruzadas fueron una terrible calamidad. Los cruzados, durante muchas décadas, arruinaron los países musulmanes y sembraron la muerte y la desolación entre sus pueblos. Los crueles francos, ávidos buscadores de riquezas, se hicieron merecedores, por derecho propio, al odio y al desprecio del Islam. El término árabe y persafranyiofarangi(franco) quedó como sinónimo de extranjero perverso y ladrón hasta nuestros días. La Enciclopedia Británica, obra de renombre universal, fundada en Escocia (Reino Unido) y desde hace unos años editada en Estados Unidos, es muy crítica sobre el resultado de las cruzadas:«Un resultado trágico de las cruzadas—dice—fue la destrucción del Imperio Bizantino y de su civilización». Como se recordará, los integrantes de la Cuarta Cruzada, asaltaron la ciudad y la sometieron al pillaje.
Un segundo resultado de las cruzadas es para la Enciclopedia Británica el triunfo militar del Islam. No sólo fueron expulsados los cristianos del Medio Oriente, sino que el Islam fue llevado por los turcos otomanos a los Balcanes en los siglos XIV y XV, y hasta las puertas de la msima Viena en los siglos XVI y XVII. La misma Enciclopedia Británica culpa a los cruzados por su brutal tratamiento hacia los musulmanes, del endurecmiento de éstos hacia los cristianosm siendo que antes se habían comportado con mucha tolerancia. Los cruzados además deben compartir con los mongoles la responsabilidad por la constante destrucción o aniquilamiento de las aristocracias musulmanas, que fueron reducidas gradualmente desde su condición de grupos ilustrados y urbanos a un estrecho cónclave de religioso conservantismo en que el estudio científico y humanista declinó considerablemente.
Al término de las cruzadas el liderazgo intelectual había pasado de los musulmanes a la Europa Occidental, pero esto no fue tanto el resultado de las cruzadas, sino de la transferencia del saber islámico a través de España y Sicilia. Asimismo, estas influencias posibilitaron más tarde el Renacimiento.

La caballería islámica
Resta hablar brevemente sobre las influencias de la caballería islámica en la literatura caballeresca y libros de caballería en Europa. Al respecto, es famoso el «Libro de la orden de caballería» (Alianza, Madrid, 1986) del escritor y arabista catalán Ramon Llull (1235- 1315). Pero, el ejemplo más evidente y comprobable es El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha. Su autor, Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), muy probablemente un criptomusulmán, confiesa en la propia obra que ésta en realidad se trata de un manuscrito árabe de un historiador moro llamado Cide Hamete Benengeli (cfr. Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, 2 vols. Vol. 1. Capítulo IX: Hallazgo del manuscrito de Cide Hamete, RBA Editores, Barcelona, 1994, págs. 165-171). «En tres capítulos casi consecutivos —el 27, el 44 y el 53 de la II parte del Quijote—, Cervantes perfila ese algo sutil y tal vez inquietante de un moro medio “católico cristiano” y “filósofo mahomético”, con lo que su creación de Cide Hamete —”verdadero autor” frente al falso y pacato Avellaneda— se hace más compleja y dialéctica» (Emilio Sola y José F. De la Peña: Cervantes y la Berbería. Cervantes, mundo turco-berberisco y servicios secretos en la época de Felipe II, FCE, México, 1995, pág. 208).

El filósofo, diplomático y periodista francés Jules Barthélemy-Saint-Hilaire (1805-1895) afirma en un libro que escribió sobre el Corán: «Con el trato de los árabes y con la imitación de éstos, los rudos señores de nuestra Edad Media suavizaron sus costumbres; de modo que los caballeros, sin perder nada de su valor, adquirieron sentimientos más delicados, nobles y humanos, que es muy dudoso hubiese logrado inspirarles el cristianismo solo, por más benéfico que fuese».
Por otra parte, el escritor escocés Sir Walter Scott (1771-1832) convirtió al sultán Saladino, el libertador de Jerusalén, en epítome de la caballería medieval en The Talisman (1825), —al respecto véase Charles J. Rosebault: Saladin. Prince of Chivalry, Robert M. McBride, Nueva York, 1930, y el film de David Butler, King Richard and the Crusaders, con Rex Harrison como Saladino, Hollywood, 1954, color, 114 minutos.
Un dicho de Saladino es lo sumamente gráfico y caballeresco que no podemos dejar de recordarlo: «Mi silla de montar es mi Cámara del Consejo» (véase Andrew Sinclair,Jerusalén. La cruzada interminable. La Lucha Religiosa por la Ciudad Sagrada desde su origen hasta nuestros días, Edaf, Madrid, 1997, pág. 113).
Usamah Ibn Munqidh, modelo de un caballero musulmán Abu l-Mudaffar Usamah Ibn Munqidh nació el 25 de junio de 1095 wn Sháizar, una pequeña fortaleza en el valle del Orontes, en Siria. Residió largas temporadas en Damasco y en Egipto, donde se transformó en un consumado guerrero. Entre 1150 y 1153 combate a los cruzados en Ascalón (Palestina), En 1154 hace la santa peregrinación a La Meca. En 1162 acompaña a Nuruddín en su campaña contra los francos. Fallece en Damasco el 6 de noviembre de 1188. Autor de obras como el Kitab ul-Badí, es tal vez uno de los primeros escritores que cultivó el género de la autobiografía —véase Philiph K. Hitti (traductor): Memoires of Arab-Syrian Gentleman (Autobiografía de Usamah Ibn Munqidh), Beirut, 1924—.
La bizarría de su carácter se trasunta en el estilo simple y enérgico con el que narra sus aventuras. El profesor egipcio Mustafá El-Abbadi (El Cairo, 1928) catedrático emérito en la Universidad de Alejandría—, cita un episodio que involucró a Usamah y lo marcó de por vida: «Otro acontecimiento de menor importancia indica lo que podía llegar a ocurrir en esos tiempos turbulentos (de las Cruzadas). Osama Ibn Munquiz, un célebre general y poeta musulmán, había conseguido un salvoconducto del rey de Jerusalén que le permitía a él y a su familia dirigirse por mar desde Egipto a Siria, pero ante San Juan de Acre unos cruzados, soldados del rey, detuvieron el barco y confiscaron todos sus bienes, incluida su biblioteca, compuesta por 4.000 magníficos libros, lo cual “dejó en mi corazón una herida que no cicatrizará mientras viva”.» (M. El Abbadi: La Antigua Biblioteca de Alejandría, Madrid, 1994.
Una reflexión de Usamah, que brinda un preciso perfil de su carácter, es rescatada por Michael Foss, especialista británico nacido en la India en 1937: «… la experiencia del reino latino hizo que algunos se preguntaran qué hubiera pasado, al margen de la esfera de la religión, si este pequeño mundo no hubiese empezado con un arrogante invasión religiosa y continuado en una guerra de fes. Es apropiado que la última palabra la diga Usama ibn Munqidh, hombre de curiosidad abierta e inteligencia cordial que sabía más que la mayoría lo que hubiera podido ser y lamentaba que no se hubiera hecho realidad: “Hice una visita a la tumba de Juan, llamado el Bautista, el hijo de Zacarías —¡Alá bendiga a los dos!— en el poblado de Sebastea, en la provincia de Nablus. Después de rezar mis oraciones, salí a la plaza que por un lado linda con el Sagrado Recinto. Encontré una puerta semicerrada, la abrí y entré en una iglesia. Dentro había unos diez hombres viejos con la cabeza descubierta y tan blanca como el algodón peinado. Estaban de cara al este y llevaban sobre el pecho unas rayas que terminaban en rayas transversales levantadas como la parte de atrás de una silla de montar. Prestaban juramento sobre este signo y daban hospitalidad a los que la necesitaban. La visión de su piedad conmovió mi corazón, pero al mismo tiempo me desagradó y entristeció, pues nunca había visto tanto celo y devoción entre los musulmanes. Durante un tiempo cavilé sobre esta experiencia. Luego, un día cuando Muin ed-Din y yo pasábamos por el monasterio de Dar-at-Tawawis (la Casa del Pavo Real), él me dijo: ‘Quiero desmontar aquí y visitar a los ascetas, los ancianos’. Accedí de buen grado, de manera que desmontamos y entramos en un edificio largo que formaba ángulo con la calle. Durante un momento pensé que no había nadie allí. Luego vi alrededor un centenar de esterillas para rezar, y en cada una de ellas había un sufí cuyo rostro expresaba pacífica serenidad y su cuerpo, humilde devoción. El espectáculo era tranquilizador y di gracias a Alá el Grande al ver que entre los musulmanes había hombres cuya devoción era aún más celosa que la de aquellos sacerdotes cristianos.”» (M. Foss: Cruzados. La aventura de los soldados de Dios, Ediciones Martínez Roca —Colección Así vivían—, Barcelona, 1998, págs. 285-286).

Las raíces del antisemitismo
No es antojadiza la tesis del profesor Allan Harris Cutler, cuando en su obra erudita: The Jew as Ally of the Muslim: Medieval Roots of Anti-Semitism (University of Notre Dame Press, Indiana, 1986) afirma que la unidad política, económica, cultural y religiosa de judíos y musulmanes en al-Andalus (711-1492), durante las Cruzadas (1099-1291) y a lo largo de la historia del Imperio otomano (1299-1909), hizo nacer las fobias antisemitas entre los europeos. El judío como aliado del musulmán era algo inconcebible para la paranoia que asolaba la Europa altomedieval.

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El origen del éxito de Occidente
Paradójicamente, el éxito alcanzado por los cruzados no fue en el plano militar sino en el ideológico y ocurrió involuntariamente, sin que ellos mismos se lo propusieran o pensaran. Como señala muy acertadamente el escritor libanés Amín Maalouf: «Los árabes padecían, desde antes de las cruzadas, determinadas “taras” que la presencia franca desveló y quizá agravó pero que no creó de la nada. El pueblo del Profeta había perdido, ya desde el siglo X, el control de su destino… Cuando llegan los francos, ya han dejado de progresar y se conforman con vivir de rentas del pasado, y, aunque es cierto que todavía iban claramente por delante de esos invasores en casi todos los aspectos, ya había empezado su ocaso… Para el invasor aprender la lengua del pueblo conquistado constituye una habilidad: para este último, aprender la lengua del conquistador supone un compromiso, incluso una traición. De hecho, muchos francos aprendieron el árabe mientras que los indígenas permanecieron impermeables a los idiomas de los occidentales. Se podrían multiplicar los ejemplos pues, en todos los terrenos, los europeos han aprendido de los musulmanes, tanto en Siria como en España o en Sicilia. Y lo que de ellos aprendieron era indispensable para su ulterior expansión. Si se transmitió la herencia de la civilización griega a Europa occidental fue a través de los musulmanes, traductores y continuadores. En medicina, astronomía, química, geografía, matemáticas y arquitectura, los europeos adquirieron sus conocimientos en los libros árabes que asimilaron, imitaron y luego superaron… Mientras que, para Europa occidental, la época de las cruzadas era el comienzo de una verdadera revolución, a la vez económica y cultural, en Oriente estas guerras santas iban a desembocar en largos siglos de decadencia y oscurantismo. Asediado por doquier, el mundo musulmán se encierra en sí mismo, se ha vuelto friolero, defensivo, intolerante, estéril, otras tantas actitudes que se agravan a medida que prosigue la evolución del planeta de la que se siente al margen. A partir de entonces, el progreso será algo ajeno, al igual que el modernismo» (A. Maalouf: Las cruzadas vistas por los árabes, O. cit., págs. 285-290).

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R.H Shamsuddin Elía
Prof. del Instituto Argentino de Cultura Islámica

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