Al-Ándalus III

El Sultanato de Granada

(1232-1492)

Y una breve reseña sobre la Alhambra

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Arjona es un municipio español perteneciente a la provincia de Jaén, en la Comunidad Autónoma de Andalucía. La antigua ciudad está situada a 45 km al noroeste de la capital provincial y sus orígenes se remontan a la época romana.

En el año 1232/629 los habitantes de Arjona proclamaron sultán a Muhammad Ibn Yusuf Ibn Nasr, apodado al-Ahmar (“el Rojo”). Así fue como comenzó la dinastía de los Banu Nasr o Nasríes, que castellanizamos Nazaríes, también llamados Banu l-Ahmar (sumarían 23 sultanes entre 1232-1492). Desde ese momento, Muhammad I extenderá su autoridad a Jaén, Porcuna, y luego Guadix y Baza, aprovechándose para ello de circunstancias negativas para los musulmanes, como la conquista de Córdoba por Fernando III y el creciente descontento contra Ibn Hud (uno de los reyes de taifas que se había hecho con gran parte del Sur de al-Ándalus al declinar el poder almohade. El asesinato de Ibn Hud en Almería (1238) le encumbrará finalmente como el principal de los soberanos de al-Ándalus. En 1237/1238 empiezan los trabajos de construcción en la Alhambra de Granada.

Con la dinastía Nasrí firmemente asentada en Granada, la caída progresiva de los diversos territorios del Levante y Sur de al-Ándalus irá reduciendo los dominios musulmanes a una franja desde Tarifa al oeste hasta más allá de Almería, al este, y desde el mar Mediterráneo a las montañas de Granada, por el norte. En este territorio los musulmanes granadinos se mantuvieron durante 280 años, y conformaron el gobierno más armónico y duradero de la historia del Islam, teniendo en cuenta que este sultanato nunca se constituyó en un imperio como el Otomano (1299-1922) o el Mogol (1526-1858), y que en él convivieron ejemplarmente todas las escuelas de pensamiento, sunníes y shiíes, con sus hermanos monoteístas judíos y cristianos.

A esta perduración contribuyeron la idiosincracia y constitución física y moral granadinos, y su buena técnica militar y ejército, junto al aliado orográfico que suponían las cordilleras Sub-Béticas y a los problemas internos de los cristianos.

El Reino de Granada se caracteriza, también porque del mismo nos ha llegado su arquitectura militar y palaciega (Alhambra y Generalife), y otra serie de ricas manifestaciones artíticas y científicas, sin parangón en la historia islámica anterior y posterior.
Gracias a la labor de los historiadores musulmanes de este período, especialmente la de Ibn al-Jatib, nos han llegado gran cantidad de noticias que permiten una reconstrucción bastante aceptable de la historia del sultanato de Granada e incluso de etapas anteriores de al-Ándalus.

CRONOLOGÍA GRANADINA
Muhammad I había asistido como testigo pasivo a la victoria de los ejércitos castellanos en el sur de al-Ándalus. Un año después de la caída de Sevilla, en 1249, los últimos islotes musulmanes habían reconocido la soberanía de Fernando III el Santo (1201-1252), rey de Castilla y León (canonizado en 1671).

En 1260, su hijo Alfonso X el Sabio (1221-1284) anexionó Cádiz. En 1261 se apoderó de Jerez. Niebla capituló en 1262. En 1264 Muhammad I reanudó las hostilidades contra Alfonso X, tratando de no correr la misma suerte que los régulos de las llamadas «terceras taifas», sus correligionarios. Se alió con la dinastía mariní o Banu Marín (1258-1465) que suplantaba entonces a los almohades en Marruecos. Ese mismo año, guerreros mariníes o benimerines llegaron a al-Ándalus con el fin de participar en el Ÿihad (“guerra defensiva para preservar el territorio musulmán”) contra Castilla. Los mudéjares, es decir los musulmanes que habían quedado en tierra cristiana, se habían sublevado contra Alfonso X de 1264 a 1266 en las regiones de Jerez y de Murcia. Muhammad I se alió con ellos. En Jerez, en Utrera y en Lebrija, la población musulmana reconoció su soberanía.

La revuelta de los Banu Ashqilula, parientes próximos del sultán de Granada y gobernadores de Guadix y de Málaga, tuvo lugar precisamente en el momento en que triunfaban los ejércitos cristianos. Por esa misma razón, los Banu Ashqilula ofrecieron entonces su vasallaje a Alfonso X, que estaba en guerra contra el sultán de Granada.

A principios del año 1273, al regresar de una expedición militar de castigo, en los alrededores de Granada, Muhammad I tuvo una caída mortal. Y su vida se apagó durante la oración de la tarde, el 22 de enero de 1273.

A los treinta años y ocho años de edad, Muhammad II accedía al poder en plena madurez
política. En julio de 1273 consiguió arrebatar Antequera a los Banu Ashqilula. En 1274 envió una embajada granadina al sultán mariní para convocarle a un Ÿihad en al-Ándalus contra Alfonso X.

Entre 1275 y 1277 los mariníes infligieron a las tropas castellanas dos aplastantes derrotas, una en Ecija, otra en los alrededores de Sevilla.

Benimerines y castellanos contra Granada

Pero, paradójicamente, Alfonso X de Castilla hizo una concertación con el sultán mariní Abu Yusuf (g. 1258-1286) y los Banu Ashqilula, y sus tropas combinadas atacaron Granada por dos frentes entre el 12 de mayo de 1280 y el 22 de abril de 1281. Al norte, el hijo segundo de Alfonso X, Sancho, sufrió una derrota ante los muros de Granada (24 de junio de 1280).

El segundo ataque fue conducido por Alfonso en persona, secundado por los Bau Ashqilula, pero Muhammad II consiguió rechazar a los invasores. Mientras tanto los mariníes se cobraban por anticipado lo pactado con el rey castellano y arrebataban Ronda a los granadinos.

A principios de 1288/678, por razones que siguen siendo oscuras, los Banu Ashqilula abandonaron sus posesiones al sultán nasrí y emigraron a Marruecos con sus guerreros y sus familias. En 1295 el ejército nasrí conquista Quesada (al este de Jaén)a los castellanos y en 1300 los desaloja de Alcaudete (suroeste de Jaén). Muhammad II falleció en 1302.

Después de los largos reinados de Muhammad I y Muhammad II, el reinado de Muhammad III sólo iba a durar siete años. En 1305 se construyó la Mezquita Mayor de la Alhambra. Ese mismo año Muhammad III concerta una paz con Fernando IV de Castilla (1285-1312) y Jaime II de Aragón (1267-1327). Sin embargo, en 1308, en Alcalá de Henares se firma un tratado de alianza ofensiva entre Castilla y Aragón contra Granada.

En 1309 Muhammad III fue obligado a abdicar el 14 de marzo en favor de su hermano Nasr I. Mientras tanto los castellanos y aragoneses ponían sitio a Almería y Algeciras, y Ceuta, posesión granadina desde 1306, era reconquistada por los mariníes. A principios
de septiembre los castellanos se apoderaron de Gibraltar. En 1310 la coalición castellano- aragonesa se vió obligada a levantar el cerco de Almería y replegarse. En 1312 los castellanos conquistaron Alcaudete.

Ante esta serie de fracasos militares, a principios de marzo de 1314, el pueblo del Albaicín se rebeló contra la autoridad del sultán y proclamó a su primo, el príncipe Abu l-Walid nuevo monarca. Este asumió el poder con el nombre de Ismail I. Enérgicamente, el nuevo sultán puso de inmediato las fronteras del reino en estado de defensa con el fin de estar preparado ante la amenaza de invasión cristiana.

En safar 716/abril-mayo de 1316 los musulmanes derrotaron a los castellanos en los alrededores de Guadix. Ese mismo año, el gobernador de Ceuta Yahya Ibn al-’Azafí se declaró independiente de los benimerines y prestó ayuda a los marinos granadinos que lograron derrotar a los castellanos en las aguas del Estrecho. Amenazaron Gibraltar y lograron penetrar en sus arrabales.

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La batalla de la Vega

Pero muy pronto se reanudó la ofensiva contra Granada. Los infantes Don Pedro y Don Juan, cotutores de Alfonso XI (1311-1350), lograron reunir una cruzada y llegaron a la Vega de Granada quemando y destruyendo todo a su paso. El combate decisivo tuvo lugar el 26 de junio de 1319, terminando en favor de las tropas de Ismail I que tuvieron el apoyo de contingentes mariníes. Los dos infantes murieron en la refriega. La batalla de la Vega privó a Castilla de sus gobernadores y marcó un gran retroceso en la llamada empresa de la «Reconquista».
Ismail I entonces recuperó Baza, Huéscar, Orce y Galera (vecinas a la región murciana). Al regresar a Granada luego de una expedición por la que había liberado la ciudad de Martos (a mitad de camino de Arjona y Alcaudete) del dominio castellano, tuvo un altercado con su primo, el gobernador de Algeciras, Muhammad Ibn Ismail quien, para vengarse, le hizo asesinar el 27 de raÿab 725/6 de julio de 1325, en la Alhambra.

El nuevo soberano Muhammad IV debido a su corta edad no pudo desempeñar sus funciones en los primeros años. Los mariníes, apoyados por milicias granadinas y por navíos genoveses, recuperaron Gibraltar en 733/1333 después de un sitio de cinco meses. Sin embargo, la facción de los Banu l-’Ula, descontentos por la alianza del sultán de Granada con los benimerines tramaron un complot que condujo al asesinato de Muhamma IV el 13 de Dhul-hiÿÿa de 733/25 de agosto de 1333.

Yusuf I tenía sólo quince años cuando accedió al trono. Iba a reinar más de veinte años (1333-1354). Imponía por la dignidad que emanaba de la personalidad principesca, su inteligencia y su perspicacia le llevaban a hacerse con lso probelmas más difíciles. Tal es el retrato que del sultán elaboró su futuro visir, el polímata Ibn al-Jatib. Durante su reinado, granada estuvo rara vez en paz con sus vecinos cristianos. A partir de 1337, Castilla y los benimerines se preparaban para la guerra en torno a la plaza fuerte de Gibraltar. El enfrentamiento naval precedió a la lucha en tierra. La escuadra mariní, con el refuerzo de dieciséis navíos que le envió la dinastía de los Hafshíes de Túnez (1228-1569), entró en aguas de Algeciras, y derrotó a la flota castellana del almirante Alfonso Jofre Tenorio en abril de 1340.

La batalla del Salado

Los jinetes bereberes zenetas de los Muÿahidín «Combatientes de la Fe» llegaron a al- Ándalus en junio de 1340, a petición de Yusuf I al sultán mariní Abu l-Hasan (g. 1331- 1351), para poner sitio ante Tarifa. Fue entonces cuando Alfonso XI se alió con su suegro, el rey de Portugal, Alfonso IV. El gran choque tuvo lugar a orillas del Salado el 7 de Ÿumada I 741/30 de octubre de 1340. Los cristianos consiguieron una aplastante victoria sobre las tropas de Yusuf y de Abul-Hasan. Varios altos dignatarios grandinos perecieron durante la jornada de Tarifa. Ibn al-Jatib, que perdió a su hermano y a su padre en el curso de la batalla, explicó la derrota musulmana por la intervención de las fuerzas de reserva castellanas que facilitó la entrada de la caballería cristiana en la ciudad.

Tras el desastre de Tarifa, Yusuf I regresó apresuradamente a Granada, en tanto que Abu l-Hasan se refugiaba en Algeciras, desde donde cruzó a Marruecos. Alfonso XI, con la victoria del Salado, había alejado definitivamente a los mariníes de la Península. El rey de Castilla se adueñó enseguida de Alcalá la Real, de Priego y de Benemijí; puso luego sitio
ante Algeciras el 3 de agosto de 1342. Algeciras se entregó a Alfonso XI el 12 de Dhul- qa’da de 744/27 de marzo de 1344 después de dos años de resistencia.

La peste negra salva a Gibraltar
Alfonso XI atacó Gibraltar (que había perdido 14 años antes) en 1349. Frecuentes escaramuzas enfrentaron a musulmanes y cristianos. Pero la epidemia de Peste Negra que había llegado a España a partir de 1348 hizo estragos en el campo cristiano y causó la muerte de Alfonso XI en 751/marzo de 1350. Los castellanos se vieron a levantar el cerco y Gibraltar lograría permanecer en el seno del Islam durante ciento doce años más.

En el plano interior, los monumentos de Granada llevan todavía la huella del esplendor del reinado de Yusuf I. En 1348 se construyó la puerta monumental de la Alhambra llamada Puerta de la Justicia y una gran parte del palacio real; se emprendieron trabajos de edilidad urbana; la madrasa Yusufiyya, o universidad religiosa que llevó su nombre, fue fundada en 1349. En la primavera del año 1347, el sultán Yusuf I emprendió una gira de inspección de las fronteras orientales del emirato nasrí. Ibn al-Jatib que lo acompaño ha descrito entre las ciudades atravesadas Guadix, Baza, Purchena y Vera. A continuación la escolta real se dirigió a Almería y, pasando por Pechina, Marchena y Finaña, regresó a Granada.

Yusuf I trató infructuosamente de implementar la solidaridad con el resto del mundo islámico. Se había dirigido, por ejemplo, al sultán mameluco bahrí Imaduddín al-Salih Ismail (g. 1342-1345) para implorar su apoyo en la lucha contra los castellanos. Pero sus esfuerzos no fueron coronados por el éxito. Con el pretexto de la necesidad de defender sus propias fronteras amenazadas por los cristianos (no hay evidencia de tal amenaza), el soberano mameluco de El Cairo rehusó enviar una expedición de socorro y se contentó con formular votos por la victoria granadina.

La visita de Ibn Battuta
Hacia 1351 llegó a Gibraltar el incansable viajero tangerino Ibn Battuta (1304-1377). Estos son algunos apuntes de su rihla (libro de viajes): «Desde Gibraltar me trasladé a la ciudad de Ronda, que entre las plazas fuertes del Islam es una de las mejor situadas y defendidas…En Málaga se fabrica la maravillosa cerámica dorada que se lleva a los países más alejados. Su mezquita tiene una amplitud enorme y es renombrada por su baraca. No hay patio semejante al de esta mezquita, con naranjos inmensos… Desde allá me trasladé a Vélez, que está a venticuatro millas. Esta es una bella ciudad, con una portentosa mezquita. En el lugar se dan las uvas, frutas e higos igual que en Málaga. Seguimos viaje hasta Alhama, pequeña población que dispone de una mezquita maravillosamente emplazada y muy bien construida. Existen allí unas burgas de agua caliente, orilla de su río, a una milla de distancia, más o menos, del pueblo, con aposentos separados para el baño, de hombres y mujeres. Después continué la marcha hacia Granada, capital del país de al-Ándalus, novia de sus ciudades. Sus alrededores no tienen igual entre las comarcas de la tierra toda, abarcando una extensión de cuarenta millas, cruzada por el famoso río Genil y por otros muchos cauces más. Huertos, jardines, pastos, quintas y viñas abrazan a la ciudad por todas partes…» (Ibn Battuta: A través del Islam, Alianza, Madrid, 1988, págs. 761-763).

El día de la fiesta de la Ruptura del Ayuno de Ramadán (primero de Shawwal de 755/19 de octubre de 1354), Yusuf I fue apuñalado en la Mezquita Mayor de Granada por un demente que formaba parte de su servidumbre.

El primer reinado de Muhammad V, la alianza con Pedro I y la crisis dinástica El primogénito de Yusuf I, Muhammad V subió al trono a los dieciséis años de edad. Confió el poder al antiguo ministro de su padre, Ridwán, que asimismo fue encargado del mando del ejército andalusí. El erudito Ibn al-Jatib ejerció las funciones de visir y con ese título conoció personalmente y sirvió a Muhammad V. Hizo un retrato elogioso de este soberano, de rostro bello, grave y dulce a la vez. La moderación de su carácter, la firmezade su fe y su generosidad le granjearon la confianza y el afecto de la aristocracia. De naturaleza modesta, Muhammad acostumbraba a ir a caballo sin séquito alguno por las calles de la capital. Así pues, sus virtudes cívicas y religiosas fueron apreciadas por el pueblo de Granada. El reino nasrí conoció entonces su mayor estado de prosperidad y bonanza que las crónicas musulmanas han alabado.

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Por entonces reinaba en Sevilla Pedro I (1334-1369), rey de Castilla y León (1350-1369), hijo de Alfonso XI y María de Portugal. Este soberano siempre tuvo una especial predilección por la cultura y costumbres musulmanas. Por ejemplo, hizo restaurar el Alcazar de Sevilla por arquitectos y artesanos mudéjares, el que terminó siendo su propio palacio a partir de 1353.
En 1358, Aragón y Castilla reanudaron un conflicto que había estallado entre ambos reinos en 1356. Muhammad V, en calidad de fiel vasallo de Castilla, según el tratado de 1354, se alineó entonces junto a Pedro I, que muy probablemente haya sido denominado «el Cruel» por sus simpatías y alianzas con los musulmanes granadinos. Nosotros preferimos llamarlo «el Justiciero» como lo hacen los historiadores más objetivos.

El sultán nasrí envió entonces tres galeras bien equipadas a Castilla, atrayéndose así la enemistad de Pedro IV el Ceremonioso (1319 -1387), rey de Aragón (1336-1387). Bases navales nasríes, entre ellas Málaga, fueron puestas a disposición de las unidades de la flota castellana que allí fondearon. Por tierra, Muhamamd V quiso montar una operación favorable a Pedro I: caballeros granadinos se preparaban para entrar en territorio murciano para atacar la frontera meridional de los Estados de la Corona de Aragón. Pero el sultán nasrí no pudo hacer realidad sus proyectos: fue destronado el 28 de Ramadán de 760/21 de agosto de 1359.
La conspiración había sido urdida por dos príncipes nasríes: el hermanastro de Muhammad V, Ismail, y el cuñado y primo de éste, el ra’is Abu Abdallah Muhammad a quien devoraba la ambición. Empujados por la intrigante madre de Ismail, Mariam, un centenar de conjurados escalaron los muros de la Alhambra de noche, sorprendieron a la guardia y, al resplandor de las antorchas, se dirigieron hacia al residencia del ministro Ridwán y lo asesinaron. Ismail fue proclamado sultán en el palacio de la Alhambra y Muhammad V, que se encontraba cerca del Generalife, consiguió huir a caballo, llegando a la mañana siguiente a Guadix, en cuya alcazaba recibió el juramento de fidelidad de las gentes de la ciudad, gracias al jefe de los «Combatientes de la Fe», Alí Badruddín Musa Ibn Rahhu.

Partidario del soberano legítimo, Pedro I de Castilla, que estaba entonces comprometido en la lucha contra Enrique de Trastámara (1333-1379), hijo bastardo de Alfonso XI sostenido por Pedro el Ceremonioso, se encontró en la imposibilidad de socorrer a su vasallo. Mientras tanto, Muhammad V había pedido asilo en la corte mariní de Fez.

El reinado del usurpador Ismail II fue efímero. Ibn al-Jatib ha presentado con desprecio a este príncipe sin personalidad, corpulento, zafio e incapaz. Indolente y afeminado, formaba con sus cabellos unas trenzas entre las que intercalaba hilos de seda. No pasó mucho tiempo para que el arráez Abu Abdallah lo hiciera asesinar así como a su hermano Ay a sus visires (el 8 de Shabán de 761/28 de junio de 1360) y asumiera el poder con el nombre de Muhammad VI. El nuevo usurpador no tardó en atraerse también la hostilidad de la aristocracia y el pueblo de Granada; éstos llegaron a detestar a este hombre nervioso, aquejado de tics, de costumbres disolutas, de maneras groseras quien, de porte descuidado, iba a pie, con la cabeza descubierta, a través de las calles de su capital, vestido con ropas deshilachadas y raídas. Como si todo esto fuera poco, Muhammad VI entabló relaciones con el enemigo aragonés Pedro IV y hubo intercambio de embajadas entre Granada y Barcelona.

Pero, gracias a Dios, todo se compuso rápidamente luego de un tiempo. Pedro I el Justiciero derrotó a los Trastámara y a los aragoneses en la batalla de Nájera y se erigió en defensor de los derechos de Muhammad V. En el mes de Ÿumada I de 763/febrero de 1362, Pedro I y Muhammad V, a la cabeza de sus ejércitos, se reunieron en Castro del Río (Qasara) y avanzaron a marchas forzadas hacia Granada. Muhammad VI escapó y poco tiempo después fue muerto por los soldados de Pedro I en los campos de Tablada, no lejos de Sevilla, el 2 de Raÿab de 763/25 de abril de 1362.

Muhammad V subió al trono por segunda vez el 20 de Ÿumada II de 763/16 de marzo de 1362. Iba a reinar sin dificultad hasta su muerte en 1391.

Muhammad V devolvió a Pedro I los favores antes dispensados con gran generosidad. Por ejemplo, en 1363 le envió seiscientos jinetes granadinos, al mando de Faraÿ Ibn Ridwán, hijo del ministro asesiando durante el golpe de estado de 1359, que participaron en la campaña de Teruel contra los aragoneses. Pero, en 1369, Enrique Trastámara logró reclutar un poderoso ejército y derrotó a Pedro I en la batalla de Montiel, consiguiendo hacerlo asesinar el 22 de marzo de ese mismo año. Sin embargo, la prudente política de Muhammad V evitó roces con el nuevo rey castellano y sus aliados aragoneses, y las fronteras de Granada se mantuvieron tranquilas.

En el plano interno, diversos acontecimientos transformaron la política de la corte granadina. En 1362, el historiador tunecino Ibn Jaldún (1332-1406) llegó a Granada, donde fue recibido muy cordialmente por Muhamamd V y su visir Ibn al-Jatib, quien le proporcionó empleo en la corte nasrí e incluso le encargó de una misión diplomática ante la corte de Pedro I el Justiciero. Pero Ibn al-Jaldún, luego de un tiempo, prefirió volver a Túnez a aceptar el cargo de haÿib (chambelán) de los Hafshíes.

Hacia 1371, el favor de Ibn al-Jatib decrecía progresivamente en la Alhambra. El prestigioso polígrafo y visir de Muhammad V sufría de las calumnias de personajes influyentes y envidiosos como el poeta Ibn Zamrak (1333-1393) que finalmente terminaron por convencer al sultán de que Ibn al-Jatib era un hereje y un agente mariní que aspiraba a conquistar el trono. Ibn al-Jatib, ante estas presiones y acusaciones falsas, se vio obligado a abandonar al-Ándalus y refugiarse en la corte mariní de Fez donde moriría estrangulado, cuatro años después, por instigación de los emisarios de Muhammad V.

Al igual que Yusuf I, Muhammad V envió una embajada en Ÿumada I de 765/5 de febrero de 1364 al sultán mameluco bahrí al-Asraf Nasiruddín Shabán (g. 1363-1377) para felicitarle por haber rechazado un ataque cristiano contra Alejandría. Los enviados granadinos volvieron a al-Ándalus con dos mil dinars egipcios, pero no se programó ayuda eficaz alguna por parte del sultán de El Cairo para acudir en ayuda de Granada. El Egipto de los mamelucos había firmado con las cortes de Aragón y Castilla varios tratados comerciales a partir de la segunda mitad del siglo XIII y su política exterior siempre fue sumamente pragmática y sectaria.

Cuando Muhammad V murió el 10 de Safar de 793/ 16 de enero de 1391, la civilización hispanomusulmana estaba en su mayor apogeo. El Islam de al-Ándalus conoció de 1354 a
1391 un magnífico esplendor. En la fortaleza de la Alhambra fueron construidas las salas que constituyeron la gloria del arte nasrí.

El primogénito de Muhamamd V, Abul-Haÿÿaÿ Yusuf que asumió como Yusuf II reinó poco tiempo hasta que murió prematuramente el 16 de Dhul-qa’da de 794/3 de octubre de 1392. El nuevo sultán Muhammad VII se cansó de las intrigas y la arrogancia de Ibn Zamrak, el visir-poeta que había suplantado a Ibn al-Jatib después de la huida de éste a Marruecos, y lo hizo asesinar una noche de verano de 1393.

El maestre de la Orden de Alcantara, Martín Yáñez de la Barbuda a quien un ermitaño había predicho una fulgurante victoria y que se consideraba un cruzado destinado a aniquilar Granada de una vez para siempre, abandonó Alcántara al frente de trescientas lanzas y de algunos miles de a pie indisciplinados. Apenas había franqueado la frontera, el 26 de abril de 1396, cuando sufrió una terrible derrota debida a los arqueros y ballesteros granadinos. El maestre de la orden de Alcántara murió en el curso de la batalla.

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La toma de Antequera
Muhammad VII murió el 16 de Dhul-hiÿÿa de 810/13 de mayo de 1408. Le sucedió su hermano que tomó posesión con el título de Yusuf III. Fernando I de Trastámara (1379 – 1416), rey de Aragón (1412-1416), regente de Juan II de Castilla (1405-1454), comenzó el asedio de Antequera el 26 de abril de 1410. Una lucha encarnizada tuvo lugar entre castellanos y granadinos durante cuatro meses. Los castellanos emplearon la artillería y las máquinas de guerra, pero sus torres de combate fueron incendiadas por las fuerzas nasríes el 27 de junio. El 25 de septiembre los castellanos entraron en Antequera y allí enarbolaron los estandartes de Santiago y San Isidoro de León. La Crónica de Juan II relata que el 1 de octubre «ordenó el infante Fernando de hacer bendecir la Mezquita de los Moros que dentro estaba del castillo… e pusiéronle nombre San Salvador». No cabe infravalorar la importancia de la victoria castellana de Antequera, la primera en suelo andalusí desde la batalla de Tarifa en 1340. El infante Fernando había puesto en evidencia la vulnerabilidad del reino nasrí.

La guerra civil
La situación interior del sultanato de Granada se hizo precaria a partir del 9 de noviembre de 1417, fecha de la muerte de Yusuf III. Le sucedió su primogénito, un niño de ocho años, Muhammad VIII. Las crónicas castellanas afirman que la realidad del poder perteneció al visir del monarca difunto, Alí al-Amín. Una familia árabe, los Banu Sarraÿ, que la leyenda iba a ser famosa bajo el nombre de Abencerrajes, comenzó a desempeñar un papel primordial en la vida política del reino nasrí. La guerra civil que suscitó a partir del 1419 iba a desangrar y finalmente a arruinar el sultanato nasrí. Larga series de conspiraciones, intrigas y asesinatos iban a debilitar el poder real. La lectura histórica correcta, a pesar de las adulteraciones y tergiversaciones de las crónicas españolas, indica que el clan de los Abencerrajes intentó desesperadamente hacer frente a la doble amenaza representada por los cristianos, por un lado, y por el clan traidor de los Bannigas o Venegas, por el otro.

Los jefes abencerrajes que ejercían el mando militar en Guadix e Illora se sublevaron contra la autoridad del visir Alí al Amín e impusieron como candidato para el trono de Granada a un nieto de Muhammad V, Muhammad IX. Muhammad VIII, fuertemente apoyado por sus partidarios a cuyo frente se encontraba Ridwán Bannigas, triunfó temporalmente su rival. Pero el caudillo Yusuf Ibn al-Sarraÿ se las ingenió para restablecer a Muhammad IX y Muhammad VIII fue encarcelado en la fortaleza de Salobreña a finales de 1429.

Fue cuando Juan II y su favorito, el condestable Alvaro de Luna decidieron entonces reanudar la lucha contra Granada y proseguir la política de Fernando de Antequera. En una noche de tempestad, el 12 de marzo de 1431, los hombres del mariscal Pedro García de Herrera que mandaba en la región de Jerez, conducidos por espías, tomaron por asalto Jimena de la Frontera, importante pueblo fortificado situado a unos cien kilómetros de Gibraltar y sustrajeron a los musulmanes un rico botín. Muhammad IX entonces mandó dar muerte a su rival, Muhammad VIII en su prisión de Salobreña, a finales de marzo de 1431, para evitar cualquier tipo de subversión de parte de los Bannigas.

La batalla de Higueruela
En la primavera boreal del año 1431, se repitió la ofensiva castellana por iniciativa del condestable Alvaro de Luna quien, a la cabeza de un cuerpo de ejército, entró por Alcalá la Real en la Vega de Granada que devastó en mayo. Se retiró luego a Antequera y volvió a Ecija mientras nuevas tropas eran reclutadas en córdoba. En la segunda semana de mayo de 1431, las galeras castellanas no cesaron de patrullar por el Estreho de Gibraltar con el fin de impedir que eventuales socorros africanos llegasen al sultán de Granada. Por entonces, Ridwán Bannigas abandonó en secreto Granada en companía de algunos secuaces y acudió a Córdoba para proponer al rey de Castilla instalar en el trono de Granada a un príncipe nasrí, Ibn al-Mawl, nieto del usurpador Muhamamd VI que había sido hecho matar por Pedro I en 1362. Juan II, a quien sólo le interesaba dividir a los príncipes nasríes no dudó en sostener a ese pretendiente que aparece en las crónicas castellanas bajo el nombre de Abenalmao.

Aprovechando este transfondo favorable, el rey de Castilla salió de Córdoba el 13 de junio, penetró en el reino de Granada el 25 y saqueó la campiña próxima a Moclín. Yusuf Ibn Mawl, su cuñado Ridwán Bannigas y siete de sus partidarios acudieron al campamento castellano y prestaron juramento de fidelidad a Juan II.

El 1 de julio de 1431 los musulmanes fueron derrotados y perseguidos hasta las puertas de Granada. Los castellanos se retiraron ante el nutrido tiro de los ballesteros que aseguraban la defensa de la ciudad. Sin embargo, esta batalla llamada de la Higueruela por una higuera que se encontraba en aquellos lugares, a veces llamada batalla de la Sierra de Elvira, no tuvo sino una escasa importancia estratégica. Este episodio de la guerra fronteriza, fértil en proezas, despertó vivamente la imaginación de los señores cristianos que sabían poco o nada de la riquísima cultura y civilización de la Granada nasrí. Fue relatado con complacencia por los cronistas castellanos del siglo XV y es el tema del célebre romance anónimo Abenámar que traemos a continuación:

¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería!
¿Qué castillos son aquéllos? ¡Altos son y relucían!
—El Alhambra era, señor, y la otra la Mezquita;
Los otros los Alijares, labrados a maravilla.
El moro que los labraba, cien doblas ganaba al día.
La otra era Granada, Granada la ennoblecida.
De los muchos caballeros y de la gran ballestería.
Allí habla el rey don Juan, bien oiréis lo que decía:
—Granada, si tu quisieses, contigo me casaría;
Darte he yo en arras y dote, a Córdoba y Sevilla.
—Casada soy, rey don Juan, casada soy que no viuda.
El moro que a mi me tiene, muy grande bien me quería.

Juan II no supo sacar provecho de su victoria. Al cabo de unos ocho días, después del saqueo de la campiña en los alrededores de Granada, en el concejo real se decidió la retirada porque el desacuerdo había estallado entre los nobles castellanos y porque no había metálico para pagar el sueldo de las mesnadas y escaseaban las provisiones.

Este momento de zozobra fue aprovechado por los Bannigas y sus aliados castellanos para entronizar a un soberano dócil. Montefrío se sublevó en favor del pretendiente Yusuf Ibn al-Mawl. El gobernador militar de Andalucía, Diego Gómez de Ribera, el maestre de Calatrava, don Luis de Guzmán contribuyeron con una valiosa ayuda. Sus agentes intrigaron en distintas localidades en el otoño de 1431: Cambil, Illora, Casarabonela, Turón, Ardañes y El Castellar reconocieron la autoridad de Ibn al-Mawl.

El 3 de diciembre, fue tomada Loja por un destacamento de granadinos acaudillado por los Bannigas fieles a Abelnamao y sostenidos por los castellanos. El jefe del clan abencerraje Yusuf Ibn al-Sarraÿ pereció en el combate. El pretendiente conquistó Iznajar y Archidona. Muhammad IX al-Aysar (“El Zurdo”) decidió abandonar Granada donde la revuelta se hacía oir en el populoso barrio del Albaicín como consecuencia de la falta de víveres. Huyó de noche y se refugió en Almería con una escolta de ciento cincuenta hombres. Ridwán Bannigas y sus seiscientos jinetes vencieron a los no numerosos partidarios de El Zurdo que trataban de cortarles el paso y luego ocuparon Granada y la Alhambra. Yusuf IV Abelnamao fue proclamado sultán el primero de enero de 1432.

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Pero Muhammad IX no se dio por vencido. Desde Almería acudió a Málaga, cuya población le era favorable. Gibraltar, Ronda y Setenil lo reconocieron como soberano; en la misma Granada tenía partidarios, pues Yusuf IV se había hecho odiar por los habitantes a causa de su sumisión a Castilla. En febrero de 1432, el lugarteniente de al- Aysar, el príncipe nasrí Muhamamd al-Afnah (“El Cojo”) se hizo abrir las puertas de Granada por los fieles de Muhammad IX. Yusuf IV resistía aun con algunos partidarios en la Alhambra y una parte del Albaicín. Recurrió a su señor Juan II, pero las tropas castellanas fueron rechazadas por El Cojo en la Vega, en el mismo lugar donde se había librado la batalla de la Higueruela. Finalmente, Yusuf IV se rindió y fue entregado a Muhammad IX quien lo hizo ejecutar en abril de 1432. Muhammad IX al-Aysar volvió a ser sultán de los granadinos.

En 1445 la guerra civil estalló de nuevo en el reino de Granada, propiciada por las intrigas de los Bannigas y sus patrones castellanos. Dos sultanes se suceden, Yusuf V y Muhammad X El Cojo. A finales de 1447 vuelve Muhammad IX que subía así al trono por cuarta vez.

A finales de 1453 o principios de 1454 Muhammad XI El Chiquito sucedió a Muhammad IX. Pero los abencerrajes le opusieron un candidato, Abu Nasr Sa’d, a quien las crónicas castellanas llamanCiriza (deformación de Sidi Sa’d) o Muley Zad. En Castilla, Alvaro de Luna había perecido en el cadalso de Valladolid en abril de 1453. Juan II murió el 22 de julio de 1454. La reanudación de la ofensiva contra el reino nasrí de Granada incumbía a partir de entonces a Enrique IV (1425-1474), hijo y sucesor de Juan II.

En la primavera del año 1455 tres reyes se repartían el poder en el reino nasrí: Muhammad XI El Chiquito mandaba en Granada, Málaga, Guadix y Almería; Sa’d residía en Archidona y la guarnición africana de Ronda le obedecía. Sin embargo, los castillos de Illora y de Moclín y la importante posición estratégica de Gibraltar seguían fieles a Muhammad IX El Zurdo.

La caída de Gibraltar Como sus predecesores, Enrique IV de Castilla trató de atacar Granada aprovechándose de las luchas intestinas del reino. Las Cortes de Cuéllar le concedieron importantes subsidios en marzo de 1455. Una bula del papa Calixto III (1455-1458) —el español Alonso de Borja (1378-1458), en italiano Alfonso de Borgia—, le aportó la ayuda financiera de Roma.

El príncipe heredero de Granada, Abu l-Hasan Alí, el 11 de abril de 1462, venció a Luis de Pernia, gobernador de Osuna, y Rodrigo Ponce de León, hijo del conde de Arcos, en la batalla de Madroño.

El 16 de agosto el duque de Medina Sidonia don Juan de Guzmán y el conde de Arcos tomaron Gibraltar gracias a la traición de un musulmán convertido al cristianismo. La fortaleza de Archidona cayó el 30 de septiembre en manos de don Pedro Jirón, maestre de la Orden de calatrava, y de sus jinetes.

En Granada, Sa’d intentó liberarse de la tutela abencerraje. En 1462 hizo asesinar a dos de los miembros más poderosos de los Banu Sarraÿ: Yusuf y Mafarriÿ que era su propio visir. Muhammad y Alí Ibn al-Sarraÿ huyeron a Málaga y levantaron contra Sa’d a Yusuf V que volvió a recuperar el trono. Pero Yusuf V moriría a finales del año 1463, mientras que Sa’d recuperaba el poder. En agosto de 1464 Sa’d fue derribado por su hijo Abu l- Hasan Alí, aliado de los abencerrajes.

El aislamiento de Granada
El erudito granadino Ibn Hudayl (vivió en la segunda mitad del siglo XIV), autor de un tratado de Ÿihad, escribía a finales del siglo XIV que al-Ándalus estaba aprisionado «entre un océano impetuoso y un enemigo con unos armamentos terribles y que uno y otro oprimen a sus habitantes día y noche» (cfr. Ibn Hudayl: Gala de caballeros, blasón de paladines, trad, cast, y comentarios de la profesora María Jesús Viguera Molíns de la Universidad Complutense de Madrid, Editora Nacional, Madrid, 1975).

En el siglo XIV los sultanes de Granada se dirigieron a sus hermanos de Oriente con la esperanza de estos últimos enviaran una expedición de socorro a los musulmanes de España. Dos misivas nasríes han sido halladas por el investigador inglés G. S. Colin en la Biblioteca Nacional de París —véase G. S. Colin: Contribution à l’etude des relations diplomatiques entre les Musulmans d’Occident et l’ Egypte au XVe siècle, Mémoires de l’Institut français d’Archéologie Orientale, El Cairo, 1935, tomo 68, págs. 197-206. En la primera, redactada en la Alhambra el 13 de Ÿumada I de 845/29 de septiembre de 1441, Muhammad IX al-Aysar pide la asistencia del sultán mameluco burÿí en favor de los andalusíes sitiados y amenazados por los cristianos. El portador del mensaje, el mercader granadino Muhamamd al-Bunyulí y sus compañeros quedaron deslumbrados por el ceremonial de la corte mameluca. Pero el sultán Sa’id Ÿaqmaq al- Zahir (g. 1438-1453) rechazó la petición alegando la lejanía de la España musulmana y se limitó a entregarles dinero, armas y suntuosos presentes.

La segunda carta lleva la fecha de Ÿumada I de 868/enero de 1464. Los cristianos habían tomado Gibraltar y Archidona. Ante la gravedad de la situación, el sultán nasrí Sa’d solicitaba una ayuda urgente por parte del sultán mameluco Jushqadam (g. 1461-1467). El burÿí respondió con indiferencias y evasivas. Los granadinos tampoco podían contar con sus hermanos magrebíes. Los mariníes de Marruecos se hallaban en lucha con sus tutores wattasíes, y los hafshíes de Túnez no les preocupaba al-Ándalus en absoluto.

El reinado de Mulhacén
Abu l-Hasan Alí, el Muley Hacén o Mulhacén de las crónicas medievales subió al trono de Granada en agosto de 1464. Los historiadores musulmanes y las crónicas castellanas denuncian la decadencia de Abu l-Hasan, que están de acuerdo en situar poco tiempo después de la grave inundación que se desencadenó en Granada el 12 de Muharram de 883/25 de abril de 1478. A partir de entonces el sultán se divertía en companía de cantoras y bailarinas. Las costumbres disolutas de Mulhacén están precisadas en los relatos musulmanes. Sa’ad había casado a su hijo Abu l-Hasan con la viuda de Muhammad XI, Fátima, hija de Muhammad IX El Zurdo. Con esta unión esperaba sin duda llegar a una reconciliación con las facciones granadinas. De Fátima, Abu l-Hasan había tenido dos hijos, Muhammad, el Boabdil de las crónicas castellanas, y Yusuf. Pero una cautiva cristiana, Isabel de Solís, llamada Turayya (Zoraya) a aprtir de su conversión al Islam, tomó tal ascendiente sobre el sultán que llegó a abandonar a su prima y legítima esposa (acerca de la personalidad de la madre de Boabdil, véase el punto de vista reciente de E. De Santiago Simón: Algo más sobre la sultana madre de Boabdil, Homenaje al prof. Darío Cabanelas Rodríguez, Granada, 1987, tomo I, págs. 491-496).

Mientras tanto, un hecho trascendental había sucedido en los reinos cristianos del norte. En 1469 el enlace matrimonial entre Fernando, hijo y heredero del rey de Aragón Juan II, y la princesa Isabel de Castilla, hermana de Enrique IV, supuso el principio de la unidad de España.

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En 1474, tras la muerte de Enrique IV, Isabel fue proclama reina de Castilla en la iglesia de San Martín de Segovia.
En 1481 el marqués de Cádiz, Rodrigo Ponce de León, que se había unido a Fernando e Isabel, salió de Arcos, organizó una expedición contra los habitantes de Ronda y les destruyó la torre llamda del Mercadillo. En vista de ello, los musulmanes de Ronda se lanzaron al asalto del castillo de Zahara del que se había apoderado el infante Fernando a principios del siglo XV poco antes de la campaña de Antequera. El 27 de diciembre de 1481, los destacamentos nasríes tomaron el castillo por sorpresa y mataron a numerosos cristianos, llevándose ciento cincuenta prisioneros a Ronda. Cincuenta jinetes y doscientos ballesteros aseguraron la guardia de Zahara y el abastecimiento de esta fortaleza fue cuidadosamente atendido.

Esto produjo un profundo malestar en Castilla y marca el comienzo de la guerra contra Granada por parte de los Reyes Católicos, que se propusieron acabar con el último enclave musulmán en España.

La conquista de Alhama
El marqués de Cádiz buscó vengarse del revés de Zahara. En Marchena reunió dos mil quinientos jinetes y tres mil hombres a pie y conducidos por espías fronterizos, muchos de ellos renegados musulmanes, siguieron los senderos montañosos de la Sierra de Loja para burlar la vigilancia de los musulamnes. El 28 de febrero de 1482, al cabo de dos días de marcha, llegaron a Alhama al amanecer. Algunos hombres levantaron escaleras, mataron a los centinelas musulmanes, penetraron en la antemuralla, se introdujeron en la fortaleza y abrieron luego las puertas que daban acceso al campo. El marqués de Cádiz y el grueso de las tropas entraron así en Alhama donde los musulamnes, al darse cuenta de lo que ocurría, se defendieron encarnizadamente dentro del recinto, en las calles, en la mezquita mayor junto a la Puerta de Granada. El primero de marzo, Alhama fue saqueada por los castellanos que se hicieron con un rico botín. Luego se dedicaron a fortificar la plaza contra un eventual contraataque granadino. En efecto, Abu l-Hasan puso sitio a la ciudad cuatro días más tarde. El duque de Medina Sidonia y el conde de Cabra acudieron en ayuda del marqués y al cabo de un asedio de veinticinco días, los granadinos descorazonados, tuvieron que retirarse (29 de marzo de 1482). Para los nasríes, era vital recuperar Alhama que dominaba la ruta de Granada a Málaga y a Ronda. Pero todos sus intentos fueron frustrados. Esta desgracia musulmana fue narrada por el romancero anónimo del siglo XV con el título «La gran pérdida de Alhama»:

Paseábase el Rey moro Cuatro a cuatro, cinco a cinco, por la ciudad de Granada, juntado se ha gran compaña. desde la puerta de Elvira Allí habló un viejo alfaquí,
hasta la de Bibarrambla. la barba crecida y cana; Cartas le fueron venidas ¿Para qué nos llamas, rey, cómo Alhama era ganada. A qué fue nuestra llamada? ¡Ay de mi Alhama! Para que sepáis, amigos,
Apeóse de la mula la gran pérdida de Alhama.
y en un caballo cabalga; Bien se te emplea, buen rey, por el Zacatín arriba buen rey, bien se te empleara;
subido a la Alhambra; mataste los abencerrajes,
mandó tocar sus trompetas, que eran la flor de Granada; sus añafiles de plata, cogiste los tornadizos porque lo oyesen los moros de Córdoba la nombrada. que andaban por el arada Por eso mereces, rey,
¡Ay de mi Alhama! Una pena muy doblada,
que te pierdas tú y el reino
y que se acabe Granada.
¡Ay de mi Alhama!

La batalla de Loja (882/1482)
Para consolidar su conquista, los Reyes Católicos decidieron poner sitio a Loja, «llave de la Vega». Los castellanos se instalaron el 9 de julio entre un pequeño valle plantado de olivos y unas colinas, al pie de la fortaleza nasrí. Loja, defendida por uno de los mejores comandantes de guerra granadinos Alí al-Attar, resistió ferozmente. Este, aprovechando un descuido de los invasores, hizo una salida con infantes y jinetes arremetiendo directamente contra el campo cristiano, causándoles fuertes bajas y logrando apoderarse de los cañones y pertrechos que traían para el sitio. El 27 de Ÿumada I de 887/14 de julio de 1482 el ejército cristiano se retiró derrotado y maltrecho.

El mismo día de la victoria de los granadinos en Loja llegó a lso defensores de la ciudad la noticia de que los dos hijos del sultán Abu l-Hasan, Muhammad (Boabdil) y Yusuf habían huído de la Alhambra de oche, empujados por su madre Fátima. Los príncipes rebeldes llegaron a Guadix donde su soberanía fue reconocida.

La historiografía castellana y la literatura romántica han explicado las causa de las sublevación por la rivalidad que en la corte de la Alhambra oponía la sultana Fátima a la favorita Zoraya. Los Banu Sarraÿ que Abu l-Hasan había hecho diezmar urdieron contra él un complot cuyo instigador fue un alto dignatario nasrí, Yusuf Ibn Kumasa, llamado Abencomixa por los castellanos, que sostenía a Boabdil. Una de las explicaciones, era el odio feroz que Ibn Kumasa sentía contra el poderoso visir de Abul l-Hasan, el siniestro Abu l-Qasim Bannigas, a quien acusaba de simpatizar con los castellanos.

Los descontentos que comprendían así a los nobles granadinos como a las clases humildes del Albaicín se agruparon alrededor de Boabdil y decidieron destronar a Abu l- Hasan que se encontraba en una quinta de recreo. Abu Abdallah Muhammad fue proclamado sultán de Granada por los abencerrajes el 15 de julio de 1482. Luego de librar una furiosa batalla en las calles de Granada en la que fue derrotado, Abu l-Hasan se retiró con sus partidarios a Málaga.

La gran derrota cristiana en la Axarquía
En la primavera del año 1483, el marqués de Cádiz y el gran maestre de la Orden de Santiago, don Alonso Cárdenas, alrededor de los cuales se agrupó la élite de la nobleza cristiana andaluza, decidieron lanzar una expedición en la región situada al norte del litoral
andalusí entre Málaga y Vélez-Málaga, al-Sharqiyya, al Axarquía de las crónicas castellanas, siguiendo el consejo de un renegado musulmán de Osuna.

Tres mil jinetes y mil soldados de a pie salieron de Antequera el 19 de marzo. Luego de llegar a la costa mediterránea, tomaron la dirección de Málaga que vieron de lejos por primera vez. En esta áspera tierra de los Montes de Málaga tuvo lugar entonces el contraataque musulmán en la noche del jueves al viernes (11 de Safar de 888/21 de marzo de 1483). Los cristianos fueron completamente derrrotados. Las propias crónicas castellanas admiten haber perdido mil ochocientos muertos y prisioneros, entre ellos «ilustres señores castellanos».

La batalla de la Axarquía fue la última gran victoria de los musulmanes en la historia de al- Ándalus.

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La batalla de Lucena
Un mes después de la derrota cristiana en los Montes de Málaga, Boabdil, ávido de gloria, tomó la iniciativa de hacer una incursión a territorio cristiano. Decidió atacar una plaza mal defendida, Lucena, cuyo señor, Diego Fernández de Córdoba, era un joven de dicinueve años. Pero un musulmán granadino traicionó a los suyos descubriendo el secreto a los habitantes de Lucena quienes a toda prisa fortificaron su ciudad. El 20 de abril de 1483, al frente de setecientos jinetes y de nueve mil infantes, Boabdil fue rechazado ante los muros de Lucena y sufrió cuantiosas pérdidas por la sorpresiva aparición del ejército del conde de Cabra que había sido advertido de la maniobra del nasrí. Luego de varias escaramuzas que demostraron que Boabdil era un pésimo comandante, el ejército musulmán fue casi destruido. Durante el enfrentamiento perecieron el célebre capitán de Loja Alí al-Attar, suegro de Boabdil, y varios miembros de la aristocracia granadina. El propio Boabdil cayó en manos de los cristianos, quienes en un primer momento no lo reconocieron. Boabdil fue encerrado en la fortaleza de Porcuna.

Este lamentable episodio fue el comienzo de la caída de Granada. Las condiciones aceptadas por Boabdil para lograr su liberación son las más humillantes concedidas por un soberano andalusí. Prometió entregar un tributo de doce mil doblones de Jaén, o sea el equivalente de catorce mil ducados; se comprometía devolver a los castellanos tres mil cautivos cristianos; entregaba como rehenes a su hijo, el príncipe heredero Ahmad, a su hermano Yusuf y a diez jóvenes aristócratas granadinos. Además juraba vasallaje a los Reyes Católicos, a quienes además les solicitaba la ayuda para derrocar a su rival Abu l- Hasan.

En cuanto se enteró del desastre de Lucena, Abu l-Hasan, contando con la obediencia de gran número de granadinos, se apresuró a recuperar su trono. Pero padecía una seria enfermedad; parece ser que sufría una epilepsia que le acarreó la pérdida de la vista y una especie de hinchazón general. El cronista musulmán anónimo ve en ello un castigo divino (cfr. Nubdat al-‘asr fi ajbar muluk Bani Nasr aw taslim Garnata wanuzul al-Ándalus yyin ila l-Magrib; el manuscrito ha sido editado y traducido por A. Bustani y C. Quirós con el título siguiente: Fragmento de la época sobre noticias de los Reyes Nazaríes o Capitulaciones de Granada y emigración de Andaluces a Marruecos, Larache, 1940).

Por otra parte, al pactar con los cristianos, Boabdil se había enajenado a los granadinos. Varios juristas granadinos dieron una sentencia de reprobación en una fatwa o consulta jurídica de Ramadán de 888/octubre de 1483.

En septiembre los castellanos se apoderaron de Utrera y a finales del mes de octubre de 1483, el marqués de Cádiz arrebató la fortaleza de Zahara cuya caída en 1481 había desencadenado la guerra de Granada.

La caída de Ronda
Durante el verano de 1484 se reanudó el hostigamiento esporádico de la Vega bajo la dirección de Fernando quien, gracias a su artillería, se apoderó de Setenil, a diez kilómetros de Ronda, el 21 de septiembre.

Durante el invierno de 1485 los castellanos se dedicaron a perfeccioanr las máquinas de guerra y la artillería. La guerra contra el sultanato nasrí se transformaba poco a poco en una guerra de asedio, proseguida con tenacidad gracias a enormes medios de combate.

El 8 de mayo, las avanzadillas castellanas, al mando del marqués de Cádiz, llegaron a Ronda. Con violento fuego de artillería, los cristianos desmantelaron el recinto de la ciudad el 17 de mayo. El 19, llegaron a cortar el suministro de agua a la ciudad. Ronda capituló el 22 de mayo. Su caída acarreó la de toda la Serranía así como la capitulación de Marbella. La resistencia musulmana había sido reducida a la nada en la frontera occidental del reino nasrí.

El emir Muhammad Ibn Sa’d destituyó a su hermano Abu l-Hasan con el apoyo del vsiir Abu l-Qasim Bannigas y se hizo proclamar sultán, los granadinos, que lo tenían en gran estima, le habían puesto el nombre de al-Zagal, El Valiente. Envió al sultán depuesto a Almuñecar donde residió hasta su muerte.

Los Reyes Católicos atacaron entonces la fortaleza de Moclín, pero las avanzadillas cristianas fueron derrotadas por el sultán al-Zagal en los alrededores de la ciudad, en el curso de una dura lucha entre el 19-22 de Shabán de 890/31 de agosto-3 de septiembre de 1485.

El 29 de mayo de 1486 los cristianos, que ahora disponían de mercenarios suizos y alemanes, capturaron Loja. El 30 de mayo y 9 de junio se rindieron Salar e Illora a los castellanos. Moclín cayó el 16 de junio a pesar de que los musulmanes habían resistido gracias a su artillería ligera. Los castillos de Colomera y Montefrío se rindieron unos días después. Los musulmanes fueron entonces plenamente conscientes del peligro que corría Granada.

El asalto contra Málaga
Durante la primavera de 1487 los cristianos cercaron Málaga. El jefe de la guarnición nasrí, Ahmad al-Tagrí, tomó el mando de la ciudad sitiada a partir del 6 de mayo y determinó luchar hasta las últimas consecuencias. Sometidos al fuego de las bombardas castellanas, los musulmanes se defendieron como leones. En julio, los víveres llegaron a faltar; los malagueños se vieron obligados a comer caballos, burros, mulos y perros. Málaga no capituló sino al cabo de tres meses y medio de asedio, el 18 de agosto de 1487. Los cautivos musulmanes en número de quince mil estaban en un verdadero estado de inanición.

El desvergonzado de Boabdil se atuvo al pacto secreto que había concertado con los Reyes Católicos y en consecuencia no intervino en favor de los malagueños, Tan sólo el sultán Muhammad XIII al-Zagal, que se había retirado a Almería y había fortificado la frontera oriental del país, había intentado una maniobra de diversión lanzando algunos destacamentos de voluntarios nasríes, procedentes de Adra, sobre los cristianos en los alrededores de Vélez-Málaga.

En 1488 los cristianos conquistaron Vera. En 1489 tomaron la importante ciudad de Baza. En diciembre de ese mismo año se rindieron Purchena y las localidades del valle de Almanzora y de la Sierra de los Filabres.

Las gestiones de los nasríes ante sus hermanos musulmanes (1485-1489)
Sitiados por todas partes por el enemigo cristiano, los granadinos, a partir de 1485, se volvieron hacia sus antiguos aliados, los soberanos magrebíes de Fez y Tremecén a quienes pidieron una ayuda eficaz. Los monarcas de Africa del Norte se limitaron entonces a acoger en su territorio a los emigrados musulmanes andalusíes y a rescatar un cierto número de cautivos procedentes de Málaga.

En 1487, una embajada granadina solicitó ayuda al sultán mameluco Qa’it Bey (g. 1468- 1495). Este amenazó a la Iglesia católica para que interviniera e hiciera desistir a Castilla de sus ataques contra Granada, caso contrario tomaría represalias con los miembros del clero de la Iglesia de la Resurrección en Jerusalén, que prohibiría a lso europeos el acceso a ese santuario y que, si era preciso, lo haría destruir. Pero las amenazas de Qa’it Bey, en el fondo, eran puramente verbales. Se habían establecido relaciones comerciales entre el sultán mameluco y la monarquía española en plena guerra de Granada.

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El 2 de enero de 1488, Fernando había pedido al papa la autorización para vender trigo «al sultán de Babilonia» (Qa’it Bey) con el fin de ayudar a los súbditos de este último amenazados por el hambre. El importe de la venta sería utilizado para cubrir los gastos de la guerra de Granada. La segunda intención de Fernando era la siguiente: ayudar al sultán de El Cairo a quien consideraba el único jefe musulmán capaz de contrarrestar al Imperio otomano cuyo poder, cada vez mayor, inquietaba a la cristiandad de Occidente. Ninguna ayuda eficaz era pues previsible por parte del mameluco Qa’it para salvar a sus hermanos de España en situación desesperada.

La caída de Granada
Después de la caída de Baza, al-Zagal, descorazonado, aceptó ir a Almería y retirarse de la escena política a fines de 1489. El débil Boabdil quedó como único soberano.

En la primavera de 1491 los cristianos reanudaron la campaña contra Granada con un poderoso ejército de diez mil jinetes y cuarenta mil infantes. El 26 de abril comenzó el sitio definitivo de la capital nasrí. Ese día la reina Isabel juró no bañarse y no cambiarse sus ropas hasta que Granada cayera en su poder. Al comienzo del sitio, el campamento de los asaltantes fue destruido por el fuego. Isabel hizo entonces edificar en ters meses en el valle del Genil un campamento fijo, recibiendo esa ciudad sitiadora el significativo nombre de «Santa Fe». Desde su capital asediada los granadinos no intentaron sino algunas raras salidas durante los seis meses siguientes. No disponían más que de una caballería y de una infantería impotentes frente a la artillería castellana que abría brechas en las murallas de Granada.

Pero la situación en Granada llegó a ser sumamente precaria cuando el trigo, la cebada, el mijo, el aceite, las pasas de la Alpujarra dejaron de llegarles, pues la nieve que empezó a caer en Muharram de 897/finales de 1491 cortó las comunicaciones con esa región sureña. El hambre y el desaliento se adueñaron de los habitantes de Granada. Fue entonces cuando Muhammad XII Boabdil inició conversaciones secretas para rendir la ciudad a finales de marzo de 1492, pero desde los primeros días de diciembre de 1491 los castellanos exigieron la rendición inmediata.

En la noche del 1 al 2 de enero de 1492, guiados por Ibn Kumasa y Abu l-Qasim al- Mulih, visires de Boabdil, el gran comendador de León, don Gutiérrez de Cárdenas y algunos oficiales castellanos penetrarron secretamente en Granada por un camino poco frecuentado. Al amanecer, Boabdil entregó las llaves de la Alhambra a don Gutiérrez en la Torre de Comares. La capitulación oficial lleva pues fecha del 2 de enero de 1492. El conde de Tendilla y sus tropas entraron luego en la Alhambra siguiendo el mismo itinerario. El pendón de Castilla simbolizado por la camisola sanguinolenta de la reina Isabel —que se convertiría con el tiempo en la bandera oro y grana de España— y la cruz fueron izados en una de las torres de la alcazaba de la Alhambra que aun hoy se sigue llamando Torre de la Vela.

Boabdil entonces rindió homenaje a los Reyes Católicos en las puertas de la ciudad antes de salir para el señorío de la Alpujarra cuya propiedad le era concedida.

El último vágido poético de la guerra de Granada es la tradición que refiere el suceso ocurrido en el lugar conocido como «Suspiro del Moro», desde donde se divisa, por última vez, a la capital del reino. Se cuenta que allí volvió Boabdil el rostro bañado de lágrimas para contemplar a su querida Granada, y que su madre, la sultana Fátima, que le acompañaba le reprochó duramente el llanto, recriminándole porque lloraba como una mujer la pérdida de lo que no había sabido defender como hombre.

Después de la caída de Granada, muchos de los miembros del clan Bannigas abjuraron del Islam y formaron así el núcleo de la familia cristiana de los Venegas. En cuanto a Boabdil, se fue con toda su familia a vivir a Fez, en Marruecos, donde hizo construir castillos de acuerdo al estilo andalusí. Murió en 940/1533-1534. En tiempos del historiador argelino al-Maqqarí, o sea en 1037/1627-1628, los descendientes de Boabdil vivían en Fez en situación difícil.

DOS GRANDES SABIOS DEL SULTANATO NASRI

Ibn al-Jatib
Abu Abdallah Muhammad al-Salmaní Ibn al-Jatib (1313-1375), a quien dieron por su elocuencia sus contemporáneos el honroso sobrenombre de Lisán ud Din o «Lengua de la fe», es el más completo escritor de la Granada nazarí y uno de los más importantes adherentes al pensamiento shií en al-Ándalus. Su maestro fue el sabio y poeta Ibn al- Ÿayyab (1274-1349), que escribió exquisitos poemas a la Alhambra y el Generalife. Uno de sus mejores amigos fue el historiador Ibn Jaldún. Fue político, historiador , filósofo, místico, literato y un médico muy afamado. Su Kitab al-Wusul li hifz al-sihha fi al- fusul (“Libro de la Higiene según las estaciones del año”), traducido directamente del árabe por la profesora María de la Concepción Vázquez de Benito, de la Universidad de Salamanca (1984), nos da informaciones sobre cómo combatir la peste bubónica, la famosa «Peste Negra» que asoló Europa hacia 1348 cobrándose casi cien millones de vidas humanas (cfr. Robert S. Gottfried: La Muerte Negra. Desastres naturales y humanos en la Europa medieval, FCE, México, 1993). Igualmente son importantes sus trabajos históricos sobre Granada: al-Ihata fi ta’rij Garnata, y al-Lamha al-badriyya fi-l-daula al-nasriyya, y sobre mística: Rawdat al-ta’rif bi-l-hubb al-sharif. Véase muy especialmente Emilio de Santiago: El polígrafo granadino Ibn al-Jatib y el sufismo, Diputación Provincial de Historia del Islam, Granada, 1986, y Rachel Arié: El Reino Nasrí de Granada 1232-1492, Mapfre, Madrid, 1992; Ibn al-Jatib: Historia de los reyes de la Alhambra (al-Lamha al-Badriyya fi-l-daula al-nasriyya). Traducción de José María Casciaro y estudio preliminar de Emilio Molina, Ed. Universidad de Granada, Granada, 1998.

El investigador español Jacinto Bosch Vilá (1922-1985), catedrático-director del Departamento de Historia del Islam de la Universidad de Granada, dice que «Ibn al-Jatib era un hombre de gran personalidad en sí mismo, el primero en todo, capaz de lo más difícil, mordaz, también, cuando quería serlo. Agudo observador, de pluma ágil y artística, pensador y creador, convincente, inteligente y diplomático. Objeto de envidias que se trocaban en odios, de odios que se hacían calumnias, que arrastraban a la muerte».

Ibn Abbad de Ronda
La antigua Arunda (“Rodeada de Montañas”) de los Celtas Bástulos fue llamada por los
primeros musulmanes, llegados a partir de 711, con el nombre de Izna-Rand. Con la entrada de los almorávides en 1090, la ciudad fue denominada Madinat Runda (cfr. Jacinto Bosch Vilá: Los almorávides, Ed. Universidad de Granada, Granada, 1956).

Muy preocupado por el avance de las fuerzas de los infantes Don Pedro y Don Juan, tutores del rey niño Alfonso XI de Castilla, el soberano Ismail I de Granada, solicitó la ayuda de los mariníes (Banu Marín) africanos en 1314, que le fue concedida por el sultán de Marruecos Abul Hasan, el cual mandó a su hijo Abdul Malik en auxilio de los andalusíes. Llegado éste, se nombró soberano de Ronda, Algeciras y Gibraltar, convirtiéndose Ronda en capital de sus dominios. Es en esta época que la legendaria ciudad montañosa aumentó su prosperidad y esplendor, construyéndose edificios importantes como el puente y la alhama en el arrabal viejo, la escalera de la Mina con 360 escalones, hecha en la roca viva, que abastecía de agua a la población desde el fondo del Tajo, o los molinos de aceite y harina.

Hoy muy pocos de los muchos de los turistas que la visitan, —atraídos por sus paisajes y las historias del torero Pedro Romero (1754-1839) y del actor y director norteamericano Orson Welles(1915-1985) que yace sepultado en ella—, saben que en esa apartada serranía, refugio de contrabandistas durante los últimos siglos, nació Ibn Abbad an-Nafzí al-Himyarí (1332-1390), llamado ar-Rundí (“el Rondeño”).

Sin embargo, la vida del último gran místico andalusí se desarrollará del otro lado del Estrecho, en Tánger, Tremecén y Fez. Su ascetismo singular y comportamiento ejemplar conseguiría la veneración de sus discípulos e incluso la simpatía de esos eruditos y doctores que veían con desagrado a los gnósticos. Fue miembro de la Shadiliya, la hermandad mística fundada en Egipto por el piadoso marroquí Abu al-Hasan Alí Ibn Abdallah al-Shadilí (1196-1258).

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La mayor parte de sus obras fueron sermones y homilías que todavía se leían en la mezquita-universidad de Qarawiyyín de Fez y ante el Sultán de Marruecos en el siglo XVII. Muy importante es su «Comentario de las máximas de Taÿ al-Din Abu l-Fadl Ibn’Ata’ Allah as-Sikandarí (m. 1309) de Alejandría» y su «Metafísica del quietismo». Asín Palacios asegura que la prédica de Ibn Abbad influyó notablemente en San Juan de la Cruz. El magnífico estudio sobre el particular a cargo de Doña Luce López-Baralt es altamente recomendable: «Para mi incrédula, gratísima sorpresa, el problema de la posible filiación islámica de San Juan de la Cruz se ha trasladado no ya a la crítica sino a la mismísima literatura española. En su última novela,”las virtudes del pájaro solitario” (Alfaguara, Madrid-Buenos Aires, 1996), Juan Goytisolo ofrece un encendido homenaje al tratado perdido del santo y al lenguaje místico libérrimo cuajado de imágenes sufíes que exploro en estas páginas» (L. López-Baralt: San Juan de la Cruz y el Islam, Hiperión, Madrid, 1985, pág. 8).

Véase Paul Nwiya: Un mystique prédicateur à la Qarawiyyin de Fès, Ibn Abbad de Ronda, Beirut, 1961; Miguel Asín Palacios: “Un precursor hispano-musulmán de San Juan de la Cruz”, enObras Escogidas, Madrid, 1946, págs. 243-336; Miguel Asín Palacios: Sadilíes y alumbrados. Estudio introductorio de Luce López-Baralt, Hiperión, Madrid, 1985; José Valdivia Válor: Don Miguel Asín Palacios. Mística Cristiana y Mística Musulmana. Ibn Abbad de Ronda y San Juan de la Cruz, Hiperión, Madrid, 1992, págs. 137-145; Ibn Ata Allah de Alejandría: Sobre el abandono de sí mismo. Kitab at-Tanwir fi Isqat at-Tadbir, Tratado de sufismo sadilí, Hiperión, Madrid, 1994.

Bibliografía esencial
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La cumbre más alta de España
No muy lejos, al sureste, el pico nevado del Mulhacén —deformación fonética de Muley Hasan— con sus 3.481 metros —máxima elevación de la Península Ibérica— es una invitación permanente a trepar hasta su cima y divisar desde ella un panorama incomparable: hacia el norte, la misma Granada, el río Genil y la ciudad de Guadix con su histórica alcazaba; hacia el sur, las estribaciones de la Alpujarra con su mundo escondido—Lanjarón, Cádiar, Válor, Laujar—, el exotismo de la costa—Málaga, Almuñécar, Salobreña, Motril, Almería—, el azul Mediterráneo y más allá, el Africa inefable. Todas las comarcas de la región retienen la memoria de lo que fue el último reino hispanomusulmán.

La Alhambra
La Alhambra es un recinto emplazado en una colina sobre la ciudad de Granada, en cuyo seno se encuentra uno de los palacios más relevantes de la arquitectura islámica. El nombre de Alhambra procede del color rojo de sus muros, en árabeAl-Hamrá, construidos con la arcilla ferruginosa del propio terreno.

Muhammad I al-Ahmar (1237-1273), primer rey de la dinastía nazarí, comenzó la urbanización de la colina junto al río Darro y construyó la alcazaba (al-qasab en árabe), una impresionante fortaleza —con capacidad para una guarnición de cuarenta mil hombres— que domina la ciudad de Granada desde un espolón, la colina de la Sabika. Su sucesor Muhammad II (1273-1302) concluyó el recinto amurallado, asegurando así la paz interior del palacio-ciudadela de los sultanes granadinos. El palacio real que hoy se conserva, sin embargo, fue construido por Yusuf I (1333-1354) y Muhammad V (1354-1358 y 1362- 1391).

La entrada
Desde la Plaza Nueva, en el centro de la ciudad, se sube a la Alhambra por la cuesta de Gomérez que es una callejuela estrecha y empinada donde abundan las tiendas de souvenirs y artesanías. Dicha cuesta termina en la «Puerta de las Granadas», edificada por Carlos V en el antiguo perímetro fortificado musulmán que unía la alcazaba con las Torres Bermejas. Al traspasar la puerta, se cambia lo urbano en bosque poblado de penumbras, trinos y rumores de aguas. La Alhambra está cerca y anuncia su magia a través de la naturaleza. A poco de subir por el camino, sobre la izquierda se encuentra la más famosa de las Puertas de la fortaleza roja, la «de la Justicia» (Bab al Sharía). Sobre el arco de la puerta se encuentra la «Mano de Fátima» y una llave que sin duda tienen un sentido simbólico que todavía no se ha podido descifrar. Al traspasar su umbral ingresamos en la Alhambra. Antes de dirigirnos hacia el este para visitar los palacios, es preferible conocer la alcazaba con sus torres «de la Vela» y «del Homenaje» desde donde se puede apreciar un panorama estupendo de la Vega y la ciudad.

Las salas y los patios
El antiguo palacio nazarí es un conjunto de construcciones agrupadas de forma irregular, pero al mismo tiempo con un extraordinario sentido del rigor espacial. Las distintas estancias se articulan por medio de patios, comenzando por el de ingreso y el de Machuca —desaparecidos casi por completo— que conducían al mexuar o salón de justicia. Entre éste y el patio de los Arrayanes aparece una pequeña obra maestra, el patio del Cuarto Dorado, cuya sorprendente fachada al cuarto de Comares sirvió de modelo para numerosas obras hispanomusulmanas posteriores.

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Pasadas estas estancias se abre el Patio de los Arrayanes, una de las piezas fundamentales de la Alhambra gracias a sus prodigiosas proporciones, tensadas por la alberca longitudinal que divide su planta. Su nombre se debe a los dos setos de arrayanes o mirtos que flanquean la alberca sobre la que se reflejan los soportales de la Sala de la Barca y la monumental Torre de Comares. Dentro de la torre está el ornado Salón de Embajadores donde los monarcas de Granada recibían a los emisarios extranjeros que se maravillaban del arte y riqueza del singular dominio islámico; ahí también el 4 de junio de 1526, el emperador Carlos V, mirando desde un balcón los jardines, las arboledas y el río, exclamó: «¡Cuán desgraciado el hombre que perdió todo esto!». En la antesala de la Torre de Comares se encuentra la siguiente inscripción en árabe: «Edificaste para la fe en la preciosa cumbre una tienda de gloria, que no necesita cuerdas para su sostén».

A la derecha del Patio de los Arrayanes se encuentra el Patio de los Leones, considerado uno de los momentos culminantes del arte islámico y construido por Muhammad V a semejanza del paraíso soñado por los fieles musulmanes. Allí una docena de leones de mármol guardan una majestuosa fuente de alabastro. Los doce leones simbolizan los Doce Imames o Jalifas de la Descendencia del Profeta (BPD), a los cuales éste se refirió en firmes tradiciones. El agua que brota de los leones surtidores es la Misericordia divina que se derrama de los Imames sobre la humanidad. Con su valor ritual, su función refrescante y su contenido simbólico, el agua es un complemento esencial de la arquitectura islámica.

La presencia de estanques, canales y fuentes, sirve para enfatizar los ejes de la composición arquitectónica, para relacionar ámbitos aparentemente inconexos, o para transformar la configuración espacial de diferentes dependencias. Pero además, el agua funciona como un espejo, capaz de reflejar y multiplicar los esquemas arquitectónicos y su decoración. Unida a la luz, el agua incrementa el carácter dinámico de la decoración y origina composiciones místicas, incomparables. La Alhambra, tanto en su Patio de los Arrayanes como en el de los Leones, es el mejor ejemplo de la importancia capital que tiene el agua en la arquitectura islámica, tanto que se puede llamar a al-Ándalus por este motivo «una cultura del agua».

Las esbeltas columnas y floridos capiteles de la arcada circundante en el Patio de los Leones, las estalactíticas archivoltas, los caracteres cúficos que constantemente proclaman la divisa de la Granada nazarí —la que a través del tiempo se ha convertido en el símbolo de al-Ándalus por excelencia: Lá gáliba illa Alláh «¡No hay vencedor más que Dios!» (tradición que se remonta al califa almohade Abu Yusuf Yaqub, el cual, al derrotar a los castellanos en Alarcos, el 18 de julio de 1195, portaba ya en su estandarte esta consigna)— hacen de este monumento la obra maestra de la arquitectura del Islam en Occidente.

Entre las estancias que rodean al patio de los Leones destacan la Sala de Dos Hermanas, que repite la composición espacial del patio y se ilumina de luz natural a través de una excepcional cúpula de mocárabes; la Sala de los Abencerrajes, cubierta por una cúpula similar a la anterior, y la sala de los Reyes, sorprendente por sus pinturas figurativas inusuales en el arte islámico medieval. El conjunto de palacios y estancias de la Alhambra se sucede en los restos del antiguo palacio y los jardines del Partal, y más adelante en algunas torres de sus murallas, como la de la Cautiva o la de las Infantas, guardianas de un misterioso encanto estrechamente relacionado con las leyendas que les dan nombre.

El Generalife
Al noroeste de la Alhambra se levanta el palacio del Generalife, una villa de recreo construida a principios del siglo XIV —con anterioridad al palacio de Yusuf I— que se asoma por sus galerías y ventanales calados al barrio granadino del Albaicín (de al- bayyazín: musulmanes de Baeza que se refugiaron en Granada). El edificio, sin embargo, es menos conocido que sus jardines, ideados con una sublime sutileza que participa de la composición geométrica tanto como de los colores y aromas que desprenden sus variadas especies vegetales. Con mucha razón se lo llama «La más noble y elevada de todas las huertas» (Ÿannat al-‘arif). Otra traducción sería «Huerta del gnóstico o arquitecto (alarife)».

El gozo de los viajeros
Igualmente, los jardines del Partal, de los Adarves y de Lindaraja en la Alhambra, con sus rimeros de macetas floridas, con recortados setos que bordean acequias, con estanques y fuentes cubiertos de nenúfares, y todo un conjunto, esplendoroso y sutil, asomándose a la legendaria ciudad, al blanco barrio del Albaicín, a las cumbres nevadas de la sierra, y a la aceitunada apacibilidad de la Vega, justifican sobradamente las expresiones de viajeros como el médico austríaco Ieronimus Münzer que viajó por la Península entre 1494- 1495: «Terminada la comida, subimos a la Alhambra. Vimos allí palacios incontables, enlosados con blanquísimo mármol; bellísimos jardines, adornados con limoneros y arrayanes… Todo está tan soberbia, magnífica y exquisitamente construido, de tan diversas materias, que se creería un paraíso. No me es posible dar cuenta de todo (…) Al pie de los montes (de Granada), en una buena llanura tiene casi en una milla muchos huertos y frondosidades que se pueden regar por canales de agua; huertos, repito, llenos de casas y de torres, habitadas durante el verano que viéndolos en conjunto y desde lejos los creerías una populosa y fantástica ciudad. Principalmente hacia el noroeste, en una legua larga, o más, contemplamos estos huertos, y no hay nada más admirable. Los sarracenos gustan mucho de los huertos, y son tan ingeniosos en plantarlos y regarlos que no hay nada mejor. Es además un pueblo que se contenta con poco y vive en su mayor parte de los frutos que de ellos saca, y que no les faltan durante todo el año.»(cfr. H. Münzer: Viaje por España y Portugal 1494-1495, Edic. Polifemo, Madrid, 1991).

Ya anteriormente, el infatigable viajero musulmán tangerino Ibn Battuta (1304-1377) había apuntado en su Rihla (en árabe “relato de viaje”): «Después continué la marcha hasta Granada, capital del país de al-Ándalus, novia de sus ciudades. Sus alrededores no tienen igual entre las comarcas de la tierra toda, abarcando una extensión de cuarenta millas, cruzada por el famoso río Genil y por otros muchos cauces más. Huertos, jardines, pastos, quintas y viñas abrazan a la ciudad por todas partes» (Ibn Battuta: A través del Islam, Alianza, Madrid, 1988, pág. 763).

El gran humanista italiano Pietro Martire d’Anghiera (1459-1524), cronista de Fernando e Isabel, cuando visitó Granada en el primer cuarto del siglo XVI escribía en una de sus epístolas: «A todas las ciudades que el sol alumbra, es, en mi sentir, preferible Granada.(…) Las cercanas montañas se extienden en torno en gallardas colinas y suaves eminencias, cubiertas de olorosos arbustos, de bosquecillos de arrayán y de viñedos. Todo el país, en suma, por su gala y lozanía, y por su abundancia de aguas, semeja los Campos Elíseos. Yo mismo he probado cuánto estos arroyos cristalinos, que corren entre frondosos olivares y fértiles huertas, refrigeran el espíritu cansado y engendran nuevo aliento de vida» (cfr. Opus epistolar. Petri Martyris, ed. Amsterdam 1670, pág. 64, trad. cast. de
Juan Valera, en Adolf Friedrich von Schack: Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia, Hiperión, Madrid, 1988, XVII, pág. 378).

El escritor y diplomático Andrea Navagero (Venecia 1483-Blois 1529), cronista oficial de la república veneciana, embajador cerca de Carlos V y enviado más adelante a la corte de Francisco I de Francia, en sus observaciones durante el viaje a España (1524), se advierte la gran afición que sentía por la naturaleza, huertas y vegas, ya que en su patria, Venecia, cultivó huertos en su predio de Murano. Pero veamos la sorpresa que encontró en Granada, último reducto de al-Ándalus (citado en Cherif Abderrahman Jah y Margarita López Gómez: El enigma del agua en al-Ándalus, Lunwerg Editores, Barcelona, 1994, pág. 206): «Toda aquella parte que está más allá de Granada es bellísima, llena de alquerías y jardines con sus fuentes y huertos y bosques, y en algunas las fuentes son grandes y hermosas; y aunque éstos sobrepujan en hermosura a lso demás, no se diferencian mucho de los otros alrededores de Granada; así los collados como el valle que llaman la Vega, todo es bello, todo apacible a maravilla y tan abundante de agua que no puede serlo más, y lleno de árboles frutales, ciruelas de todas clases, melocotones, higos (…) albérchigos, albaricoques guindos y otros, que apenas dejan ver el cielo con sus frondosas ramas… Por todas partes se ven en los alrededores de Granada, así en las colinas como en el llano, tantas casas de moriscos, aunque muchas están ocultas entre los árboles de los jardines, que juntas formarían otra ciudad tan grande como Granada; verdad es que son pequeñas, pero todas tienen agua y rosas, mosquetas y arrayanes, y son muy apacibles, mostrando que la tierra era más bella que ahora, cuando estaba en poder de los moros; al presente se ven muchas casas arruinadas y jardines abandonados, porque los moriscos más bien disminuyen que aumentan, y ellos son los que tienen las tierras labradas y llenas de tanta variedad árboles; los españoles, lo mismo aquí que en el resto de España, no son muy industriosos y ni cultivan ni siembran de buena voluntad la tierra, sino que van de mejor gana a la guerra o a las Indias para hacer fortuna por este camino más que por cualquier otro.» (cfr. A. Navagero: Viaje por España 1524-1526, trad. cast. A.M. Fabré, edic. Turner, Madrid, 1983).

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El descubrimiento de la Alhambra
La Alhambra se convirtió en palacio de los reyes cristianos desde la toma de Granada por los Reyes Católicos, en 1492. Su nieto, Carlos I de España y V de Alemania, mandó demoler irracionalmente parte del palacio musulmán para construir un edificio renacentista —con iglesia incluida— que sirviera de puerta solemne revestida de cristiandad, pero sus formas adustas y desproporcionadas contrastan notablemente con la grácil acrópolis musulmana. Pese a ello, la Alhambra se abandonó y fue deteriorándose con el paso del tiempo hasta prácticamente desaparecer bajo la maleza a mediados del siglo XVIII y el agua cantarina dejó de brotar.
En el marco del enfrentamiento franco-británico de 1793-1815, el ejército napoleónico entró en Andalucía en enero de 1810. El comandante militar de Granada, Horace Sebastiani, un general revolucionario, quedó fascinado al descubrir los edificios musulmanes que dominaban las alturas de la ciudad y decidió instalar su comando en la fortaleza roja. La Alhambra, desierta y colmada de escombros, fue casi totalmente restaurada. Los galos sacaron del abandono y la ruina al glorioso y legendario vestigio de la bizarría hispanomusulmana. Repararon los techos, amparando así los salones y las galerías contra las inclemencias y la acción destructora del tiempo. Los curtidos zapadores y pontoneros se convirtieron en jardineros creativos que recompusieron setos, estanques, canteros y plantaron arbustos y macizos de flores, restableciendo el sistema hidráulico que permitió que las fuentes y surtidores volvieran a fluir alegremente. Al tratar de preservar la Alhambra, esos soldados de Napoleón recuperaron para España el más bello y atrayente de sus monumentos históricos.

Paradójicamente, tanto los españoles como los musulmanes en general del siglo XIX sabían poco o nada de la existencia de la Alhambra. Alertado por los viajeros extranjeros, el estado español acometió su restauración a partir de 1862. Finalmente, en 1920, el arquitecto e islamólogo Leopoldo Torres Balbás (1888-1960) restauró completamente el edificio y le confirió el aspecto actual, sin duda romántico pero históricamente equívoco, ya que las estancias palaciegas prevalecen sobre la fortaleza.

Fuente de inspiración artística La naturaleza oriental y paradisíaca de la Alhambra siempre ha exaltado la imaginación popular y la de numerosos escritores, especialmente a partir del romanticismo. Uno de los tantos refranes dice: «Dale limosna mujer, que no hay en la vida nada como la pena de ser ciego en Granada».

Tal vez el mejor fruto de esta inspiración son los «Cuentos de la Alhambra», escritos en 1832 por el diplomático norteamericano de origen irlandés Washington Irving (1783- 1859).

Por su parte, el escritor y viajero romántico francés François René, vizconde de Chateaubriand (1768-1848), rubricó esta frase: «Debería ver usted la Alhambra y Granada. Es como una obra de hadas; es magia, gloria y amor, no se parece a nada conocido».
El escritor norteamericano Jack London (1876-1916) nunca visitó España, pero en 1885, a los nueve años, deslumbrado por la lectura de los «Cuentos de la Alhambra» de Irving, decidió construirse con los ladrillos de una chimenea «una pequeña Alhambra privada, con sus torres, sus patios, sus miradores y demás detalles», no olvidando de «colocar letreros en yeso que indicaban su existencia y emplazamiento».

El erudito suizo Titus Buckhardt (1908-1984), en su magnífico estudio de «La civilización hispano-árabe» (Alianza, Madrid, 1995) hace esta elucubración mística: «No existe símbolo más perfecto de la Unidad divina que la luz. Por esta razón, el artista musulmán procura la transformación del material mismo que modela en una vibración luminosa. Entre los ejemplos de la arquitectura islámica bajo la soberanía de la luz, la Alhambra de Granada ocupa el primer lugar. El paraíso ha sido creado de la luz divina, y de luz está hecho este edificio pues las formas de la arquitectura hispano-árabe, los frisos de los arabescos (muqarnas), las redes talladas en los muros, las estalactitas perlantes de los arcos, el centelleo de los tejados de azulejos verdes e incluso los chorros del agua de la fuente, existen no tanto por ellos mismos sino para manifestar la naturaleza de la luz. El secreto más íntimo de este arte es una alquimia de la luz».

El ilustre bardo granadino Federico García Lorca, nacido en Fuente Vaqueros en 1898 y muerto trágicamente en Víznar en 1936, a los comienzos de la Guerra Civil española, calificó a Granada como el «paraíso perdido del Moro», y diciendo en otra ocasión: «¡Con qué trabajo deja la luz a Granada!». Alexandre Dumas (1802-1870), el creador de «Los tres mosqueteros», luego de visitar la ciudad, confesó a un amigo: «Empiezo a pensar que hay un placer todavía mayor que el ver Granada, y es el de volverla a ver».

Otro poeta, el argentino Alfredo Bufano (Guaymallén 1895-Buenos Aires 1950), al visitar Granada y la Alhambra en abril de 1947, escribe: «El agua es el poema vivo de la Alhambra. ¡Desengañáos, poetas! ¡Nadie podrá cantarla como ella! ¿Y desde cuándo lo hace? Desde que los moros frenaron aquí sus caballos y construyeron esta anticipación del paraíso que es la Alhambra» (publicado en el artículo “El agua de la Alhambra”, Diario La Prensa, sección ilustrada, Buenos Aires, Domingo 26 de Octubre de 1947).

Hay tantas Granadas como granadinos y granadófilos. En 1846, Alexandre Dumas en su obra «De París a Cádiz»— poderoso estimulante del turismo francés a Andalucía—, al referirse a la Alhambra y al Generalife, dice: «en ninguna parte del mundo encontrarás en espacio tan reducido una fragancia así, una multitud de ventanas que se abre cada una a un rincón del paraíso».

El Louvre y la Alhambra: los más visitados En el siglo XV el reino islámico de Granada tenía una población cercana a los quinientos mil habitantes, y la Granada ella sola tenía cien mil habitantes (hoy tiene menos de trescientos mil), lo que la convertía en una de las ciudades más pobladas de Europa y, naturalmente, la primera de España.

Hoy día, más de veinte mil millones de dólares ingresan todos los años a España por concepto de la industria turística, y la mayoría de los turistas vienen con un fin determinado: quieren ver esas bellezas incomparables que son la Mezquita de Córdoba, la Torre de la Giralda y los Reales Alcázares de Sevilla y la Alhambra de Granada. La Alhambra es uno de los monumentos históricos más visitados del planeta con una cifra que oscila entre los ocho a diez mil viajeros diarios provenientes de los cuatro puntos
cardinales, la cual sólo es superada por el Museo del Louvre de París que registra un promedio de quince mil visitantes por día.

Bibliografía esencial:
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R.H. Shamsuddín Elía
Profesor del Instituto Argentino
de Cultura Islámica


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